lunes, 17 de julio de 2023

L'arte di ascoltare: Autore: PLUTARCO

 


El arte de escuchar

Autor: Plutarco

 

 

1. La verdadera libertad y la razón

Te envío, querido Nicandro, el escrito del discurso que pronuncié sobre cómo se debe escuchar, para que sepas comportarte correctamente al atender a quien se dirige a ti con la voz de la persuasión, ahora que has vestido la toga viril y te has liberado de quienes te daban órdenes.

Muchos jóvenes confunden esta "anarquía" con la libertad, pero al soltarse de sus cadenas, sus pasiones se convierten en amos más duros que sus antiguos maestros. Heródoto decía que las mujeres, al quitarse la túnica, se despojan del pudor; del mismo modo, algunos jóvenes, al dejar la toga pueril, abandonan el respeto y se llenan de desenfreno.

Tú, que sabes que seguir a Dios y obedecer a la razón es lo mismo, debes entender que madurar no es dejar de tener una autoridad, sino cambiarla: en lugar de un tutor mercenario, asumes como guía divina de tu vida a la razón. Solo quienes siguen la razón son libres, pues aprenden a querer lo que se debe y viven como quieren, mientras que el capricho basado en la inmadurez solo trae remordimiento.

2. El oído como puerta a la virtud

Así como el extranjero naturalizado acepta las leyes por familiaridad, tú, que has crecido con la filosofía, debes acercarte a ella como a tu propia casa. La filosofía es la única que viste al joven con el hábito viril perfecto que emana de la razón.

Teofrasto decía que el oído es el sentido más ligado a las pasiones, pues ningún ruido o estrépito sacude el alma tanto como lo que escuchamos. Pero también tiene el vínculo más fuerte con la razón. Mientras que el vicio tiene muchas entradas al alma, la virtud solo tiene una toma: los oídos de los jóvenes, siempre que se mantengan puros y libres de la adulación.

Por esto, Jenócrates decía que los niños necesitan protectores en las orejas más que los luchadores: a los luchadores los golpes les deforman las orejas, pero a los niños los malos discursos les deforman el carácter.

3. Aprender a escuchar antes que a hablar

El error más común es querer practicar el arte de decir antes que el de escuchar. En el uso de la palabra, saber recibirla debe preceder a pronunciarla, igual que el embarazo precede al parto. Los discursos de quienes no saben escuchar son como "huevos hueros": vacíos y sin vida.

Es ridículo que la gente preste atención a chismes o sueños, pero cuando alguien intenta darles una enseñanza útil o corregir un error, se impacientan, contraatacan o huyen. Los buenos educadores deben hacer que los jóvenes sean sensibles a las palabras, enseñándoles no a hablar mucho, sino a escuchar mucho. La naturaleza nos dio dos oídos y una sola lengua por esa misma razón.

4. El silencio y la contención

El silencio es el mejor adorno para un joven. Al escuchar, debe evitar agitarse o "ladrar" ante cada afirmación. Incluso si el discurso no le agrada, debe esperar a que el orador concluya. Quien interrumpe no escucha ni es escuchado. En cambio, quien escucha con respeto demuestra que ama la verdad y no la disputa, ganando la capacidad de discernir mejor lo falso de lo verdadero.

5. El obstáculo de la envidia

La envidia es una pésima consejera para el oyente. El envidioso sufre con el bien ajeno, y en un discurso, la luz de la verdad le molesta. Esta envidia nace a menudo de la ambición: el oyente se distrae comparando sus propias capacidades con las del orador o vigilando si el público aplaude. Al final, el envidioso se queda con las críticas y pierde la sustancia del mensaje, haciendo que su escucha sea vana.

6. La autocrítica a través del otro

Debemos escuchar con ánimo sereno, como si asistiéramos a un banquete sagrado. Si el orador tiene éxito, debemos emularlo; si falla, debemos investigar las causas del error. No hay nada más fácil que criticar, pero lo útil es preguntarse, como decía Platón: "¿Soy yo acaso así?". Debemos ver nuestro reflejo en los discursos ajenos para corregir nuestras propias faltas.

 

7. Admiración vs. Credulidad

Lo opuesto a la denigración es la admiración excesiva. Debemos ser generosos en el elogio pero cautos en la creencia. No hay que dejarse engañar por la apariencia del orador (canas, voz suave, gestos graves) ni por los aplausos del público. En filosofía, hay que ignorar la reputación y evaluar solo el valor de los argumentos. Muchos sofistas usan palabras pomposas para ocultar la vacuidad de sus pensamientos.

8. Buscar el fruto, no la flor

Debemos ser como las abejas, no como las floristas. Las floristas buscan lo vistoso y perfumado; las abejas buscan el tomillo, que es acre, pero de donde sale la miel. El oyente puro debe ignorar las palabras "floridas" y sumergirse en el sentido profundo para mejorar su vida.

Si un baño o un discurso no purifican, no tienen utilidad alguna.

9. El estilo y la sustancia

El joven no debe buscar solo el deleite. Si alguien usa palabras agrias para limpiar su mente de la ignorancia, debe estar agradecido. Una vez satisfecha la sed de conocimiento, entonces se puede apreciar el estilo. Quien rechaza una verdad porque el lenguaje no es elegante es como quien rechaza una medicina porque la copa no es de cerámica fina.

10. El arte de preguntar

En un banquete de palabras, hay que ser un comensal educado. No se deben plantear preguntas triviales o exhibicionistas sobre lógica o matemáticas para lucirse. Lo importante no es resolver enigmas, sino liberarse de la soberbia y las pasiones para construir una vida sana.

11. Adaptarse al orador

Hay que preguntar a cada uno sobre lo que domina. Pedirle física a un moralista es como intentar abrir una puerta con una hacha: no desacreditas la herramienta, sino que pierdes su verdadera función.

12. Sinceridad ante la propia ignorancia

Es mejor mostrar la ignorancia para curarla que ocultarla. Si nos atormenta una pasión, debemos buscar discursos que traten ese tema y consultar en privado con los maestros. Los verdaderos filósofos son útiles no solo en sus lecciones públicas, sino en su trato cotidiano, sus bromas y sus consejos privados.

13. El elogio justo

Elogiar requiere medida. El oyente frío y presuntuoso, que no aplaude por creerse superior, es un necio. Pero el que grita y aplaude cada sílaba sin discernimiento es un adulador o un incompetente.

Un discurso difícilmente será tan malo que no tenga nada elogiable (una cita, una idea, el esfuerzo). Incluso Platón elogiaba el estilo de Lisia aunque no estuviera de acuerdo con su contenido. Debemos mantener siempre una postura digna al escuchar: cuerpo erguido, mirada atenta y rostro neutro, evitando bostezos, susurros o distracciones que falten al respeto a quien nos ofrece su palabra.

EL ARTE DE ESCUCHAR (Parte 3)

Plutarco

 

14. La cooperación entre orador y oyente

Otros piensan que solo quien habla tiene deberes, mientras que el oyente no tiene ninguno. Pretenden que el orador llegue tras haber meditado y preparado con cuidado, mientras ellos entran en la sala libres de todo pensamiento, como si fueran a un banquete a divertirse mientras otros se esfuerzan. Sin embargo, si un comensal tiene deberes, muchos más los tiene el oyente, pues es parte del discurso y debe cooperar con quien habla. No es justo examinar con severidad los fallos del orador mientras uno se abandona a un comportamiento descortés. Al igual que en el juego de pelota el receptor debe sincronizarse con el lanzador, en un discurso existe sintonía si ambos atienden a sus deberes.

15. El decoro en los elogios

Al manifestar aprobación, debemos evitar palabras fuera de lugar. Epicuro suena empalagoso cuando dice sentir un "estrépito de aplausos" en las cartas de sus amigos. Hoy en día, es inconveniente usar términos como "¡divino!", "¡inspirado!" o "¡inalcanzable!" en lugar de los sobrios "¡bien!", "¡bravo!" o "¡exacto!" que usaban los discípulos de Platón. Gritar elogios propios de una escuela de retórica o de una cortesana ante un discurso serio es como coronar a un atleta con lirios en lugar de laurel.

Si un filósofo escucha gritos y escándalo en su sala, los transeúntes podrían preguntarse, avergonzados, si el aplauso es para un músico o un bailarín en lugar de un pensador.

16. La reacción ante el reproche

Las advertencias no deben escucharse con indiferencia. Quien sonríe cínicamente cuando un filósofo lo reprende se comporta como un parásito que aguanta insultos por comida. Por el contrario, escuchar un reproche destinado a corregir el carácter debe hacernos sentir pequeños, sudorosos y avergonzados; no sentir nada es propio de un joven abyecto cuya alma está endurecida como carne callosa.

Otros jóvenes, al ser reprendidos una vez, huyen de la filosofía. Al no soportar la cura, se arrojan a los brazos de sofistas y aduladores que ofrecen voces melodiosas pero inútiles. Quien huye del médico tras la incisión sin dejar que le venden la herida, acepta el dolor pero pierde la cura. La palabra que hiere la necedad es la misma que debe sanarla.

17. La perseverancia en el estudio

Al principio, aprender a leer, escribir o tocar la lira causa fatiga y confusión. Lo mismo ocurre con la filosofía: los primeros encuentros con su lenguaje pueden parecer un terreno resbaladizo. No hay que acobardarse; hay que perseverar hasta que surja la familiaridad que hace dulce todo lo bello. Miserable es quien abandona la filosofía por pusilanimidad.

18. Errores por pudor o ambición

Muchos jóvenes no comprenden la filosofía por dos errores opuestos: unos, por excesivo pudor, no preguntan y asienten sin haber entendido; otros, por vana ambición, fingen entender antes de haber comprendido. Los primeros terminan atormentando al maestro después de la clase con preguntas tardías, mientras los segundos ocultan su ignorancia para siempre.

19. El intelecto no es un vaso, sino una hoguera

Debemos aceptar las burlas de quienes se creen más dotados con tal de aprender. Cleanto y Jenócrates eran llamados "vasos de cuello estrecho" porque tardaban en aprender, pero conservaban lo aprendido con seguridad. Hay que soportar cualquier vulgaridad con tal de eliminar la ignorancia.

No debemos ser como polluelos que siempre esperan recibir la comida masticada de otros. Hay que evitar las preguntas innecesarias que alargan el camino y entorpecen la lección. Una vez comprendidos los puntos esenciales, debemos investigar el resto por nuestra cuenta.

La mente no necesita ser llenada como un vaso, sino que, como la leña, necesita una chispa que la encienda e infunda en ella el impulso de la investigación y un amor ardiente por la verdad.

Quien solo disfruta de lo que escucha sin encender su propia luz, solo recibe un reflejo externo, pero no logra expulsar la oscuridad de su alma. Saber escuchar bien es el punto de partida para vivir según el bien.

RESUMEN DEL ANÁLISIS CRÍTICO

El texto analiza el tratado de Plutarco (mencionado en el Catálogo de Lamptia como Cómo se escuchan a los filósofos). Su objetivo es educar a los jóvenes que, al terminar sus estudios secundarios, entran en las aulas de filosofía y gozan de una libertad que puede ser peligrosa.

  • Método Pedagógico: En la época, la enseñanza incluía cursos regulares, comentarios de textos y "terapia de grupo" donde el maestro actuaba como guía espiritual.
  • Deberes del Oyente: El silencio, la concentración en los conceptos (no en el estilo) y la autoevaluación constante ("¿ha mejorado mi carácter tras esta lección?").
  • Tipología de Oyentes: Plutarco describe con agudeza al exhibicionista, al malicioso, al envidioso, al ignorante y al adulador.
  • Conclusión: La educación no es acumulación de datos, sino el despertar del sentido crítico y la pasión por la búsqueda de la verdad de forma autónoma.

 

1. La Metáfora de la Hoguera: Educación vs. Instrucción

La frase de Plutarco es, posiblemente, una de las más citadas en la historia de la pedagogía:

"La mente no necesita ser llenada como un vaso, sino que, como la leña, necesita una chispa que la encienda..."

Esta metáfora marca una distinción radical entre dos modelos:

  • El Modelo Pasivo (El Vaso): El alumno es un recipiente vacío. El conocimiento es un líquido que se vierte. El éxito se mide por la cantidad de "líquido" retenido. Para Plutarco, esto genera eruditos vacíos o "sofistas" que solo repiten lo que oyen.
  • El Modelo Activo (La Hoguera): La mente tiene un potencial combustible (la razón innata). El maestro no entrega el conocimiento final, sino la chispa (el estímulo, la pregunta, el método). Una vez encendida, la mente brilla por sí misma y genera su propio calor y luz.

 

2. Plutarco vs. Epicteto: ¿Cómo debemos escuchar?

Aunque ambos vivieron bajo el Imperio Romano y compartían la importancia de la ética, sus enfoques sobre la "escucha" tienen matices fascinantes:

Característica

Plutarco (Platonismo/Humanismo)

Epicteto (Estoicismo)

El papel del oyente

Un colaborador que debe ser amable y agradecido con el orador.

Un examinador riguroso que debe filtrar todo por la "facultad proairética" (voluntad).

El error principal

La mala educación, la envidia o el deseo de exhibicionismo.

La dependencia emocional del juicio ajeno y la búsqueda de placer en las palabras.

Reacción al reproche

Debe doler y causar vergüenza, como una cirugía necesaria para sanar.

Debe ser recibida con total indiferencia (apatheia), pues lo que otros digan no depende de nosotros.

Meta final

Integrarse en la sociedad como un hombre culto, libre y virtuoso.

Alcanzar la libertad interior absoluta y la invulnerabilidad ante el mundo.

 

Para Epicteto, el problema de muchos estudiantes era que iban a las clases de filosofía como quien va a un concierto: para admirar la elocuencia del maestro. Epicteto solía decir que, si al salir de su clase el alumno le decía "¡qué bien ha hablado!", el maestro había fracasado. El alumno debería salir mudo y compungido por sus propios errores. Plutarco coincide en esto, pero es más "social": permite el elogio moderado como una norma de cortesía necesaria para la armonía civil.

 

3. Lo que estimo oportuno: El "Filtro Crítico" en la era del ruido

Si Plutarco viviera hoy, en la era de los algoritmos y los podcasts, añadiría un capítulo sobre la atención fragmentada. Su consejo sobre los "vasos agrietados" (personas que se llenan de cualquier cosa menos de lo que necesitan) es más relevante que nunca.

Un concepto clave que Plutarco desliza es la Prosoché (Atención). No es solo oír; es una vigilancia constante de la mente. Él sugiere que:

1. Filtrar el ruido: No todo discurso merece ser escuchado.

2. Digerir antes de hablar: La obsesión por responder rápido (el "comentario" inmediato en redes sociales) anula la capacidad de comprensión profunda.

3. La filosofía como terapia: Leer o escuchar no es un pasatiempo, es una medicina. Si no sales de una lectura "un poco más ligero o más dulce", has perdido el tiempo.

 

El "Bonus": La Estructura de la Escucha Correcta

Según el texto, podemos resumir el Protocolo de Plutarco en tres pasos:

1. Disposición (Pre-escucha): Vaciar el alma de orgullo y envidia. Entrar como quien entra a un templo.

2. Asimilación (Escucha activa): Cooperar con el orador. No interrumpir. Buscar la "miel" (lo útil) incluso en un discurso mediocre.

3. Reflexión (Post-escucha): El paso más importante. No mirarse al espejo para ver el peinado, sino mirar al alma para ver qué pasión se ha debilitado.

 

Adaptación de la sabiduría de Plutarco a los tiempos modernos. Es fascinante cómo un texto de hace casi dos mil años puede convertirse en un manual de "habilidades blandas" y liderazgo para el siglo XXI.

 

Guía de Plutarco para el Aprendizaje y el Trabajo

“Saber escuchar es el punto de partida para vivir según el bien”.

1. En el Entorno de Aprendizaje (Cursos, Conferencias, Universidad)

Plutarco creía que el estudiante no es un espectador, sino un aliado estratégico del profesor.

  • La Regla de la Chispa: No esperes que el profesor te dé "la respuesta". Busca la idea que encienda tu propia investigación. Si sales de clase sin una pregunta nueva, no has escuchado, solo has oído.
  • Cero Exhibicionismo: No hagas preguntas para demostrar cuánto sabes o para poner en aprietos al ponente. Haz preguntas que aclaren el camino para ti y para tus compañeros.
  • La "Copa de Cerámica": No desprecies un conocimiento útil porque el profesor no sea carismático o sus diapositivas sean feas. El valor está en el contenido, no en el envoltorio.
  • El Silencio Fecundo: Practica la espera. Deja que el otro termine su argumento antes de preparar tu refutación. El silencio es un "adorno seguro" que te permite procesar la información.

 

2. En el Entorno Profesional (Reuniones, Feedback, Trabajo en Equipo)

Para Plutarco, una reunión de trabajo sería como un "banquete de palabras" donde todos deben aportar y recibir con elegancia.

  • Cooperación en la "Pelota": Una reunión es un juego de pases. Si alguien lanza una idea (lanza la pelota), tu trabajo es recibirla con atención para que el juego continúe. Ignorar una propuesta o interrumpirla es dejar caer la pelota y arruinar el flujo del equipo.
  • Feedback sin Viltà (Cobardía): Cuando recibas una crítica de un jefe o colega, no sonrías con cinismo ni te cierres en banda. Plutarco dice que el reproche debe "quemar" un poco para sanar. Si la crítica te duele, es señal de que ha tocado una parte de ti que necesita mejorar.
  • Elogio con Medida: En lugar de los vacíos "¡Genial!" o "¡Increíble!", usa el reconocimiento preciso. Valora el esfuerzo, el dato o la lógica. El elogio exagerado suena a adulación; el elogio justo construye autoridad.
  • La Auditoría Post-Reunión: Al salir de la sala (o cerrar el Zoom), no te preguntes "¿Cómo quedé ante los demás?". Pregúntate "¿Qué idea ha cambiado mi forma de trabajar hoy?".

 

3. Síntesis: El "Filtro de Plutarco" para el Día a Día

Para evitar ser un "vaso agrietado" que pierde la información, aplica este breve chequeo mental antes de cualquier interacción importante:

Fase

Acción Plutárquica

Objetivo

Antes

Limpiar la "calígine" (prejuicios).

Estar receptivo.

Durante

Postura erguida y mirada atenta.

Respeto y foco.

Durante

Buscar el "tomillo" (la sustancia).

Extraer valor de lo difícil.

Después

Encender la propia luz.

Pasar de la teoría a la acción.

 

Mi recomendación final

Plutarco nos enseña que la escucha es un acto de voluntad, no de oído. En un mundo donde todos compiten por hablar (redes sociales, debates, interrupciones constantes), quien domina el arte de escuchar adquiere una ventaja competitiva inmensa: la capacidad de aprender de los errores ajenos y de las verdades propias.

 

Para complementar la visión de Plutarco, nadie mejor que Séneca, el gran filósofo estoico. Mientras Plutarco nos enseña cómo recibir la información, Séneca nos enseña qué hacer con ella para que nuestra vida no se nos escape entre los dedos.

 

Si Plutarco es el manual del buen oyente, Séneca es el manual del oyente que busca la libertad.

 

Séneca: El complemento de la "Brevedad de la Vida"

Séneca añade una capa de urgencia que Plutarco apenas roza. Para Séneca, aprender a escuchar y leer no es solo una cuestión de cortesía o educación, sino de supervivencia espiritual.

1. El concepto de la "Digestión Intelectual"

Séneca coincide con la metáfora de la abeja de Plutarco, pero la lleva más allá. En sus Epístolas morales a Lucilio, explica que no basta con recolectar ideas:

"Debemos imitar a las abejas y de tal modo digerir cuanto hayamos bebido que, de diversos sabores, resulte uno solo".

Para Séneca, el crecimiento personal ocurre cuando la información deja de ser "ajena" y se convierte en parte de tu propia sangre. Si puedes citar a Plutarco pero no actúas como él, no has digerido la lección.

2. La lectura "Profunda" vs. la "Vagabunda"

Plutarco nos advierte contra el "exhibicionismo", pero Séneca nos advierte contra la dispersión. En un mundo lleno de información (ya en Roma se quejaban de esto), Séneca dice:

  • No leas mucho, lee a los mejores: Es mejor quedarse con unos pocos autores y "morar" en ellos que saltar de idea en idea sin profundizar.
  • El retiro activo: Escuchar a los filósofos es inútil si no te tomas un tiempo a solas para procesar. El crecimiento personal requiere silencio posterior.
  •  

Plutarco + Séneca: El binomio perfecto

Podemos combinar a ambos autores en una estrategia de crecimiento personal que los estoicos llamaban "La fragua del carácter":

Dimensión

El consejo de Plutarco

El complemento de Séneca

Ante el maestro

Escucha con humildad y sin envidia.

No seas un esclavo de su opinión; busca tu propia verdad.

Ante el estudio

Enciende tu propia chispa (actividad).

Transforma la teoría en preceptos prácticos (acción).

Ante el tiempo

Aprovecha la juventud para aprender.

No importa cuánto vivas, sino cuán "despierto" estés.

Ante la crítica

Deja que la palabra te cure como un médico.

Sé tu propio juez; la opinión de la masa no cuenta.

 

Una práctica para hoy: El "Examen de Conciencia"

Séneca proponía una técnica que encaja perfectamente con el final de las lecciones de Plutarco. Al terminar el día, o tras una reunión o clase importante, hazte estas tres preguntas:

1. ¿Qué mal hábito he combatido hoy? (Conexión con el "curarse" de Plutarco).

2. ¿En qué he mejorado? (Conexión con el "encender la chispa").

3. ¿Qué he aprendido que sea aplicable hoy mismo? (Conexión con la "digestión" de Séneca).

Lo que sigue...

Séneca decía que "la filosofía no es una técnica para el público, sino para el alma". Plutarco nos dio las reglas para estar en el público (la clase, la reunión), y Séneca nos da las reglas para lo que sucede después, cuando cerramos la puerta.

 

Manifiesto del Oyente Sabio

 

Basado en la sabiduría de Plutarco y Séneca

 

I. Mi mente no es un vaso, es una hoguera

No buscaré que otros me llenen de datos, sino que enciendan mi curiosidad. Aceptaré cada idea como una chispa y será mi responsabilidad alimentarla con reflexión hasta convertirla en luz propia.

II. Escucharé con el alma, no con el ego

Entraré en cada conversación despojado de la soberbia y la envidia. No escucharé para responder o para juzgar el estilo del orador, sino para encontrar el "tomillo": esa verdad útil, aunque sea acre, que pueda mejorar mi carácter.

III. El silencio será mi mejor adorno

Dominaré mi lengua para que mis oídos puedan trabajar. Entenderé que la naturaleza me dio dos orejas y una sola boca para que la recepción preceda siempre a la emisión. El silencio no es vacío; es el espacio donde se gesta la sabiduría.

IV. Buscaré la medicina del reproche

No huiré de quien me señale un error con franqueza. Recibiré la crítica necesaria con la piel abierta, sabiendo que la palabra que hiere mi necedad es la misma que sana mi ignorancia. Preferiré la herida de un amigo real que el beso de un adulador.

V. No seré un eco, sino un colaborador

En cada reunión y en cada clase, seré un receptor activo. Entenderé que mi atención es un regalo que le debo al orador y que mi crecimiento depende de cuánto logre digerir y transformar lo escuchado en acciones concretas.

VI. Mi círculo será mi fragua

Me rodearé de amigos que se atrevan a ser espejos de mi verdad. Cultivaré relaciones donde el crecimiento mutuo sea el único interés y la sinceridad absoluta el único lenguaje.

"Saber escuchar es el principio de vivir bien."

Plutarco

 





In italiano


L'arte di ascoltare 


Autore: PLUTARCO

 

 

l. Ti invio, caro Nicandro, la stesura del discorso da me tenuto su come si ascolta, perché tu sappia disporti in modo corretto  all'ascolto di chi si rivolge a te con la voce della persuasione, ora che hai indossato la toga virile e ti sei liberato da chi ti dava ordini'.

Questa condizione di «anarchia», che alcuni giovani, ancora immaturi sul piano formativo, sono portati a confondere con la libertà, fa si che le passioni, quasi fossero sciolte dai ceppi, diventino per loro padroni più duri dei maestri e dei pedagoghi di quando erano ragazzi.

Insieme con la tunica, dice Erodoto, le donne si spogliano anche del pudore: Cosi ci sono giovani che nell'atto stesso di deporre la toga puerile, depongono anche ogni senso di pudore e di rispetto, e sciolto l'abito che li teneva composti si riempiono subito di sregolatezza.

Tu, invece, che in più occasioni hai avuto modo di ascoltare che seguire Dio ed obbedire alla ragione sono la stessa cosa, devi pensare che il passaggio dalla fanciullezza all'età adulta, per quelli che ragionano bene, non significa non aver più un'autorità cui sottostare, ma semplicemente cambiarla, perché al posto di una persona stipendiata o di uno schiavo essi  assumono a guida divina dell'esistenza la ragione.

Quella ragione, i cui seguaci è giusto ritenere i soli uomini liberi, dato che solo loro hanno imparato a volere ciò che si deve e perciò stesso vivono come vogliono. Ignobile, invece, meschino ed esposto a grandi rimorsi, è l'arbitrio che si esplica negli impulsi e nelle azioni che nascono da immaturità e falsi ragionamenti.

2. I cittadini naturalizzati che provengono da un altro paese e sono in tutto e per tutto stranieri assumono atteggiamenti critici e insofferenti nei riguardi di molte usanze locali, mentre chi vi viene dalla condizione di meteco' per il fatto di essere cresciuto in familiarità e dimestichezza con quelle leggi, ne accetta gli obblighi senza difficoltà e vi ottempera volentieri: cosi tu, che per molto tempo sei cresciuto a contatto con la filosofia e fin dall'inizio sei stato abituato a prendere misto al  ragionamento. filosofico tutto ciò che hai appreso e ascoltato da ragazzo, devi accostarti con animo ben disposto, come uno di casa, alla filosofia, che è la sola a rivestire i giovani dell'abito virile e realmente perfetto che viene dalla ragione.

Penso comunque che non ti dispiacerà ascoltare qualche preliminare osservazione sul senso dell'udito, che, a detta di Teofrasto, è collegato più di ogni altro alle passioni6 dato che non c'è niente che si veda, si gusti o si tocchi, che produca sconvolgimento, turbamenti o sbigottimenti paragonabili a quelli che afferrano l'anima quando l'udito è investito da certi frastuoni, strepiti o rimbombi.

Ma a ben guardare esso ha più legami con la ragione che con la passione, perché se è vero che molte sono le zone e le parti del corpo che offrono al vizio una via d'accesso per cui arriva ad attaccarsi all'anima, per la virtù l'unica presa è data invece dalle orecchie dei giovani, sempreché siano pure e tenute fin dall'inizio al riparo dai guasti dell'adulazione e dal contagio di discorsi cattivi.

Per questo Senocrate invitava ad applicare i paraorecchi ai ragazzi più che ai lottatori, perché a questi ultimi i colpi sfigurano le orecchie, mentre ai primi i discorsi distorcono il carattere'.

Egli non intendeva, comunque, che dovessero essere posti in una sorta di isolamento acustico o fatti diventare sordi: consigliava solo di proteggerli dai discorsi cattivi prima che altri buoni, come guardie allevate dalla filosofia a protezione del carattere, non ne avessero saldamente occupato la postazione più precaria e maggiormente esposta alla voce della persuasione.

L'antico Biante, quando Amasi gli chiese di inviargli la porzione di vittima sacrificale che a suo giudizio fosse migliore e al tempo stesso peggiore, ne recise la lingua e gliela mandò, intendendo dire che nella parola sono insiti i danni e i vantaggi più grandi.

La maggior parte delle persone, quando bacia teneramente i propri piccoli, ne prende le orecchie tra le mani e li invita a fare altrettanto, con scherzosa allusione al fatto che si deve amare soprattutto chi fa del bene attraverso le orecchie.

E evidente che un giovane che fosse tenuto lontano da qualunque occasione di ascolto e non assaporasse nessuna parola, non solo rimarrebbe completamente sterile e non potrebbe germogliare verso la virtù, ma rischierebbe anche di essere traviato verso il vizio, facendo proliferare molte piante selvatiche dalla sua anima, quasi fosse un terreno non smosso ed incolto.

Le pulsioni verso il piacere e le diffidenze verso la fatica sono  sorgenti per cosi dire native, e non esterne o fatte affluire in noi dalle parole, di infinite passioni e malattie, e se sono lasciate libere di riversarsi dove natura le guida e non si provvede a frenarle con buoni ragionamenti bloccandone o deviandone il naturale fluire, non c'è belva che non possa apparire più mansueta di un uomo.

3. Dal momento dunque che l'ascolto comporta per i giovani un grande profitto ma un non minore pericolo, credo sia bene riflettere continuamente, con se stessi e con altri, su questo tema.

I più invece, a quanto ci è dato vedere, sbagliano, perché si esercitano nell'arte del dire prima di essersi impratichiti in quella di ascoltare, e pensano che per pronunciare un discorso ci sia bisogno di studio e di esercizio, ma che dall'ascolto, invece, possa trarre profitto anche chi vi s'accosta in modo improvvisatolo.

Se è vero che chi gioca a palla impara contemporaneamente a lanciarla e riceverla, nell'uso della parola, invece, il saperla accogliere bene precede il pronunciarla, allo stesso modo in cui concepimento e gravidanza vengono prima del parto.

I parti e i travagli «di vento» delle galline si dice diano origine a gusci imperfetti e privi di vita": cosi realmente «di vento» è il discorso che esce da giovani incapaci di ascoltare e disabituati a trarre profitto attraverso l'udito, e oscuro ed ignoto si disperde sotto le nubi.

Quando travasa qualcosa, la gente inclina e ruota i vasi perché l'operazione riesca bene e non ci siano dispersioni, mentre quando ascolta non impara ad offrire se stessa a chi parla e a seguire attentamente, perché non le sfugga nessuna affermazione utile.

E quel che è più ridicolo è che se incontrano uno che racconta di un banchetto, di un corteo di un sogno o dell'alterco avuto con un altro, restano ad ascoltarlo in silenzio e insistono per saperne di più; ma se uno li tira da parte e vuol dare loro un insegnamento utile, spronarli a qualche dovere, redarguirli in caso di errore o addolcirli quando sono irritati non lo sopportano e se ne hanno la possibilità si sforzano d'averla vinta e si mettono a controbattere le sue parole o, se proprio non ce fanno, lo piantano in asso e vanno alla ricerca di altri insulsi discorsi, riempiendosi le orecchie, quasi fossero vasi difettosi e incrinati, di qualunque cosa piuttosto che di ciò di cui hanno bisogno.

I bravi allevatori rendono sensibile al morso la bocca dei cavalli: cosi i bravi educatori rendono sensibili alle parole le orecchie dei ragazzi, insegnando loro non a parlare molto, ma ad ascoltare molto.

 

Nel tessere gli elogi di Epaminonda, Spintaro diceva che non era facile incontrare uno che sapesse di più e parlasse di menol. E la natura, si dice, ha dato a ciascuno di noi due orecchie ma una lingua sola, perché siamo tenuti ad ascoltare più che a parlare.

4. Il silenzio, dunque, è ornamento sicuro per un giovane in ogni circostanza, ma lo è in modo particolare quando, ascoltando un altro, evita di agitarsi o di abbaiare ad ogni sua affermazione, e anche se il discorso non gli è troppo gradito, pazienta ed attende che chi sta dissertando sia arrivato alla conclusione; e non appena ha finito si guarda dall'investirlo subito di obiezioni, ma, come dice Eschine lascia passare un po' di tempo per consentire

all'altro di apportare eventuali integrazioni o di rettificare e sopprimere qualche passaggio.

Chi si mette subito a controbattere finisce per non ascoltare e non essere ascoltato, e interrompendo il discorso di un altro rimedia una brutta figura. Se invece ha preso l'abitudine di ascoltare in modo controllato e rispettoso, riesce a recepire e a far suo un discorso utile e sa discernere meglio e smascherare l'inutilità o falsità di un altro, e per di più dà di sé l'immagine di una persona che ama la verità e ori le dispute, ed è aliena dall'essere avventata o polemical.

Non è sbagliato. quello che dicono alcuni, e cioè che se si vuole versare qualcosa di buono nei giovani bisogna prima sgonfiarli, più di quanto non si faccia con l'aria contenuta negli otri, di ogni presunzione e albagia, perché altrimenti, pieni come sono di alterigia e di boria, non riuscirebbero ad accogliere nulla.

5. L'invidia poi, congiunta a malizia e livore, non va bene in nessun caso, e se la sua presenza ostacola ogni retto comportamento, diventa pessima assistente e consigliera di chi  ascolta, perché gli rende fastidiose, sgradevoli e inaccettabili le osservazioni utili, dato che gli invidiosi godono di qualunque altra cosa piuttosto che di quelle dette bene.

Eppure chi si sente morderé dalla ricchezza, la fama o la bellezza di un altro è solo invidioso in quanto lo tormenta la felicità altrui: chi invece soffre nel sentire un discorso giusto è infastidito dai suoi stessi beni, perché come la luce è un bene per chi può vedere, cosi un discorso lo è per chi può udire, sempreché lo voglia accogliere.

 

Ma se negli altri casi l'invidia nasce da certe disposizioni rozze e malvagie, quella rivolta contro chi parla muove da inopportuno  esibizionismo e mala ambizione e non consente a chi si trova in questo stato d'animo di concentrarsi su ciò che viene detto, ma ne disturba e distrae la mente, che ora si mette ad osservare se le proprie capacità siano inferiori a quelle di chi sta parlando e ora invece si sofferma a guardare se gli altri seguano compiaciuti ed ammirati, e si sente urtata dagli assensi e si indispettisce con i presenti se mostrano di gradire chi parla.

E quanto ai discorsi, essa lascia cadere in oblio quelli già pronunciati, perché rammentarli è una sofferenza, e si agita e trema al pensiero che quelli successivi possano essere ancora migliori; non vede l'ora che chi sta tenendo un discorso bellissimo abbia terminato di parlare, e appena l'ascolto è finito non ripensa a niente di quel che ' stato detto, ma si mette a contare, come fossero voti, le esclamazioni e gli umori dei presenti, e fugge e schizza via come impazzita da chi approva, correndo ad imbrancarsi con chi solleva critiche e distorce le argomentazioni svolte; se poi non c'è niente da distorcere, tira fuori che altri hanno saputo sviluppare meglio lo stesso tema e con maggior efficacia, fino a quando, a forza di svilire e infangare, non si sia

resa l'ascolto inutile e vano.

6. Perciò, stipulata una tregua tra voglia di ascoltare e tentazioni esibizionistiche, dobbiamo disporci all ascolto con animo disponibile e pacato, come fossimo invitati a un banchetto sacro o alle cerimonie preliminari di un sacrificio, elogiando l'efficacia di chi parla nei passaggi riusciti e apprezzando perlomeno la buona volontà di chi espone in pubblico le proprie opinioni e cerca di convincere gli altri ricorrendo agli stessi ragionamento che hanno persuaso lui. Non dobbiamo pensare che gli esiti felici dipendano dalla fortuna o che vengano da soli, ma che siano piuttosto frutto di applicazione, duro lavoro e studio, e perciò, spinti da sentimenti di ammirazione e di emulazione dovremo cercare di imitarli; in caso di insuccesso, invece, è necessario rivolgere la  nostra attenzione alle cause e alle ragioni che l'hanno determinato. Senofonte dice che i bravi padroni di casa sanno trarre profitto dagli amici e dai nemici: cosi le persone sveglie e attente sanno trarre beneficio da chi parla non solo quando ha successo ma anche quando fallisce, perché la pochezza concettuale, la vacuità espressiva, il portamento volgare, la smania, non disgiunta da goffo compiacimento, di consenso e gli altri consimili difetti, ci appaiono con più evidenza negli altri quando ascoltiamo che in noi stessi quando parliamo.

 

Dobbiamo perciò trasferire il giudizio a chi parla a noi stessi, valutando se anche noi non cadiamo inconsciamente in qualche errore del genere. Non c'è cosa al mondo più facile del criticare il prossimo, ma atteggiamento inutile e vano se non ci porta a correggere o prevenire analoghi errori. Di fronte a chi sbaglia non dobbiamo esitare a ripetere in continuazione a noi stessi il detto di Platone: «Sono forse anch'io cosi?».

Come negli occhi di chi ci sta vicino vediamo riflettersi i nostri, cosi dobbiamo ravvisare i nostri discorsi in quelli degli altri, per evitare di disprezzarli con eccessiva durezza e per essere noi stessi più sorvegliate quando arriva il nostro turno di parlare. A tal fine è utile anche ricorrere a un confronto se, una volta finito l'ascolto e rimasti soli, prenderemo qualche passaggio che a nostro giudizio sia stato trattato in modo maldestro o inadeguato e proveremo a ridirlo noi, volgendoci a colmare una deficienza qui, a correggerne una là, a esporre lo stesso pensiero con parole diverse o tentando di affrontare l'argomento in maniera radicalmente nuova. Cosi fece anche Platone con fl discorso scritto da Lisia. Non è difficile muovere obiezioni al discorso pronunciato da altri anzi è quanto mai facile; ben più faticoso,

invece, è contrapporne uno migliore. Alla notizia che Filippo aveva raso al suolo Olinto, lo spartano osservò: «Ma lui non riuscirebbe a riedificare una città cosi grande!». Se dunque nel dissertare sullo stesso argomento ci sembrerà di non essere 'molto superiori a chi ne ha trattato, deporremo gran parte del nostro disprezzo e ben presto, smascherati da simili confronti, svaniranno in noi presunzione ed orgoglio.

 

L´ARTE DI ASCOLTARE 2

Plutarco

7. Antitetico all'atteggiamento denigratorio è quello facilmente  incline all'ammirazione, che denota indubbiamente una natura più cordiale e pacata, ma esige anch'esso non poca accortezza, o addirittura ne richiede una maggiore, perché se i denigratori e gli arroganti ricavano da chi parla un profitto minore, gli entusiasti e gli ingenui ne ricevono danni maggiori e non smentiscono il detto eracliteo: «Lo stupido suole stupirsi a ogni  parola».

Bisogna essere generosi nell'elogiare chi parla ma cauti nel prestare fede alle sue parole; si deve essere spettatori bendisposti e non prevenuti dello stile e della dizione di chi dibatte, ma critici attenti e severi dell'utilità e veridicità di ciò che dice, per non attirarci l'odio suo e al tempo stesso evitare che le sue parole possano danneggiarci, dato che, senza nemmeno accorgercene, siamo portati ad accogliere in noi molti ragionamenti falsi e cattivi per simpatia o fiducia verso chi parla.

Le autorità spartane, sentita la proposta avanzata da un uomo che viveva in modo riprovevole, la approvarono, ma subito ordinarono a un altro, che godeva della stima generale per la sua

condotta di vita e moralità, di ripresentarla, cercando in modo davvero corretto e politicamente educativo di abituare il popolo a lasciarsi influenzare dalla statura morale dei consiglieri più che dalle loro parole.

Quando invece si tratta di una discussione filosofica dobbiamo lasciar perdere la reputazione di chi parla e valutare esclusivamente il valore intrinseco delle sue argomentazioni. Come in guerra, anche in un ascolto ci sono molti vani apparati: la canizie, l'intonazione suadente, lo sguardo accigliato e la tendenza all'autoelogio di chi parla, ma soprattutto le acclamazioni, gli applausi e i sobbalzi del pubblico sconcertano l'ascoltatore giovane ed inesperto, che finisce per essere come trascinato via dalla corrente.

Anche nello stile c'è qualcosa di ingannevole quando, fluendo seducente e copioso, investe i concetti in modo enfatico e ricercato. Gran parte degli errori commessi da chi canta con l'accompagnamento dell'aulo sfugge a chi ascolta: cosi uno stile ridondante e pomposo abbacina l'ascoltatore e gli impedisce di intravedere i concetti. Si narra che Melanzio, sentendosi chiedere un parere su una tragedia di Diogene, rispondesse che non gli era riuscito di vederla perché eclissata dalle parole: cosi la maggior parte dei sofisti, quando disserta o declama, non si limita ad utilizzare le parole per velare i pensieri, ma addolcendo la voce con modulazioni, morbidezze e trilli, manda in delirio e in visibilio l'uditorio, elargendo un piacere vano e ricevendone in cambio una fama ancora più vana.

Sicché calza loro perfettamente quel che si racconta a proposito di Dionisio, che nel corso di un'esibizione aveva promesso grandi ricompense a un famoso citaredo, ma alla fine non gli aveva dato nulla, con la scusa che lui, i suoi impegni, li aveva già onorati: «Perché per tutto il tempo in cui io mi beavo del tuo canto, gli disse, tu gioivi di speranza».

Questo è appunto il compenso che i sofisti ricavano da simili esibizioni: sono ammirati per tutto il tempo in cui riescono a dilettare, ma poi, appena il piacere dell'ascolto è finito, la fama li ha già abbandonati e vanamente hanno sprecato gli altri il tempo, loro addirittura la vita.

8. Perciò bisogna eliminare dallo stile ogni eccesso e vacuità, mirando esclusivamente al frutto e prendendo a modello le api e non le tessitrici di ghirlande, perché queste, preoccupandosi solo delle fronde fiorite e profumate, intrecciano e intessono una composizione soave ma effimera e infruttuosa, mentre le api, pur volando in continuazione su prati di viole, di rose e di giacinti, vanno a posarsi sul timo, la più acre e pungente delle  piante, e vi si fermano al biondo miele pensando; poi attinto qualcosa di utile volano via all'opera loro.

Cosi l'ascoltatore fine e puro deve lasciar perdere le parole fiorite e delicate e pensare che gli argomenti teatrali e spettacolari sono solo «pastura di fuchi» sofisticheggianti, ed immergersi invece con la concentrazione fino a cogliere il senso profondo del discorso e la reale disposizione d'animo di chi parla, per trarne ciò che è utile e giovevole, rammentando a se stesso che non è andato a teatro o in un odeon, ma in una scuola e in un'aula per raddrizzare la propria vita con la parola.

 

Ne consegue la necessità di esaminare e giudicare l'ascolto partendo da se stesso e dal proprio stato d'animo, valutando se

qualche. passione sia divenuta più debole, qualche fastidio più leggero, se si siano rinsaldati in lui determinazione e volontà, se senta in cuor suo entusiasmo per la virtù e per il bene.

Non ha senso, quando ci si alza dalla sedia del barbiere, guardarsi allo specchio e passarsi la mano sul capo, esaminando il taglio dei capelli e la diversa pettinatura, e invece all'uscita da una lezione e dalla scuola non guardare subito in se stessi per apprendere se l'anima abbia deposto qualche peso soverchio e superfluo e sia divenuta più leggera e più dolce. «Se un bagno o un discorso non purificano - dice Aristone - non hanno alcuna utilità"

9. Goda dunque il giovane a trarre profitto dai discorsi, ma non deve vedere nel diletto lo scopo dell'ascolto e non deve pensare di allontanarsi dalla scuola di un filosofo «canticchiando radioso» o cercare di profumarsi quando invece ha bisogno di fomenti e di cataplasmi, ma essere grato se qualcuno ricorre ad acri parole, come con gli alveari ci si serve  del fumo, per ripulire la sua mente, che è piena di molta caligine e ottusità.

 

Chi parla, è vero, non deve affatto trascurare che nel proprio  stile vi siano piacevolezza e persuasività, ma di questo il giovane non deve minimamente darsi pensiero, almeno in un primo momento.

Successivamente forse, come chi beve e solo dopo aver appagato la sete si mette ad osservare le cesellature delle coppe e se le rigira tra le mani, cosi anche il giovane, dopo essersi riempito di riflessioni e aver ripreso fiato, si volga ad esaminare se lo stile contiene qualche eleganza e raffinatezza.

Chi invece non si tiene stretto fin dall'inizio ai concetti, ma pretende che lo stile subito sia attico e sobrio, somiglia a uno che rifiutasse di bere un antidoto se la coppa non è di ceramica coliade attica" o di indossare d'inverno un mantello se la lana non è di pecore attiche, ma siede inerte ed immobile, avvolto, per cosi dire, nel mantello leggero e sottile del linguaggio di Lisia.

Queste fisime hanno prodotto nelle scuole molto deserto di intelletto e di buoni pensieri, molta pedanteria formale e verbosità, dato che gli adolescenti non osservano la vita, le azioni e la condotta pubblica di un uomo che si presenta come filosofo, ma gli ascrivono a lode i lemmi, le frasi, la bravura nell'esposizione, non sapendo e non volendo indagare se ciò che dice sia utile o inutile, se sia indispensabile o al contrario vuoto e superfluo.

10. A questi precetti segue quello relativo ai quesiti. Quando si è invitati a cena si deve mangiare quello che viene imbandito e non chiedere dell'altro o mettersi a criticare: così chi è andato al banchetto delle parole, se il tema è stabilito, ascolti in silenzio chi parla, perché portandolo a deviare su altri argomenti, interrompendone l'esposizione con continue domande e sollevando sempre nuove difficoltà, non risulta né piacevole né garbato come ascoltatore e ottiene di non ricavare personalmente chi parla e quello alcun profitto e di confondere insieme che dice; se invece è chi parla a sollecitare l'uditorio a

porre domande e quesiti, si dovrebbe sempre dare a vedere di sollevarne di utili e di necessari.

Odisseo è deriso dai pretendenti domandando tozzi di pane, e non spade o lebeti perché per loro è segno di grandezza d'animo non solo fare grandi doni, ma anche richiederli. Ancor più, però, si riderebbe di un ascoltatore che sollecitasse chi disserta su questioni piccole e cavillose, come solitamente fanno certi giovani che ricorrendo ad estreme sottigliezze e palesando la propria attitudine per la dialettica o la matemática pongono quesiti sulla divisione delle proposizioni indefinite e su quale sia il movimento secondo il lato o secondo la diagonale.

A costoro si può ripetere la risposta data da Filotimo a un uomo settico e macilento, che si era rivolto a lui per chiedergli una curetta contro il giradito; quando dal colorito e dalla respirazione si fu reso conto delle sue condizioni: «Mio caro - gli disse - nel tuo caso non ha senso parlare di giradito».

Nemmeno per te, ragazzo mio, è tempo di indagare su problemi di quel genere, ma su come tu possa liberarti da presunzione, alterigia, amori e insulsaggine, e costruirti una vita modesta e sana.

11. Quando si formula una domanda bisogna assolutamente rapportarsi all'esperienza e all'attitudine di chi parla, ponendogli quesiti sugli argomenti in cui «è più forte di se stesso» ed evitando di mettere in difficoltà chi è esperto soprattutto di filosofia morale sottoponendogli complicati problemi di fisica o di matematica, e di trascinare al contrario chi vanta conoscenze in

campo scientifico a emettere giudizi sulle proposizioni connesse o a risolvere i sofismi «mentitori». Chi tentasse di spaccare la legna con una chiave o di aprire la porta con una scure non darebbe l'impressione di screditare quegli strumenti ma piuttosto di rinunciare alla loro propria utilità e funzione: cosi chi avanza richieste su temi sui quali chi parla non ha attitudine o non si è esercitato, si pone da solo nell'impossibilità di cogliere e ricevere il frutto che l'altro ha ed è disposto ad offrire, e oltre a danneggiare se stesso ottiene anche di essere tacciato di malizia e livore.

12. Ci si deve inoltre guardare dal porre troppe domande e dall'intervenire in continuazione, perché anche questo atteggiamento denota, in certo qual modo, una volontà esibizionistica. Ascoltare con calma gli interventi di un altro è indizio invece di persona desiderosa di apprendere e rispettosa del prossimo, a meno che uno non senta dentro qualcosa che lo turba e non l'opprima una passione che dev'essere bloccata o un tormento che deve essere lenito. Dice Eraclito che «la propria ignoranza è meglio celarla» ma forse è meglio, invece, palesarla e curarla. Se accessi d'ira, attacchi di superstizione, forti contrasti con i familiari o una folle passione d'amore che tocca della mente le corde da non toccare, ci sconvolgono la mente, non bisogna rifugiarsi dove si parla d'altro per non esporci a critiche, ma frequentare le scuole in cui si discute proprio di questi argomenti e dopo la discussione, consultare in privato quelli che ne hanno parlato e porre loro ulteriori domande. Non si deve agire insomma come la maggioranza della gente, che ascolta volentieri e ammira i filosofi quando parlano d'altro, ma se poi il filosofo, lasciati perdere gli altri, si rivolge a loro in privato e apertamente menziona ciò che li riguarda, si risentono e lo giudicano un impiccione. Generalmente pensano di Dover ascoltare i filosofi nelle scuole come gli attori tragici a teatro e credono che una volta fuori non si comportino per nulla meglio di loro. Questo ragionamento va bene per i sofisti (che una volta scesi di cattedra e riposti libri e prontuari, nella realtà del quotidiano operare appaiono meschini e inferiori ai più), ma nei confronti dei veri filosofi è sbagliato, perché non ci si rende conto che la loro serietà, lo scherzo, un cenno, un sorriso o uno sguardo accigliato e soprattutto le parole rivolte a ciascuno in privato apportano frutto e giovamento a chi ha preso l'abitudine di ascoltarli con pazienza ed attenzione.

13. Anche il tributare elogi è compito che richiede cautela e senso della misura perché difetto ed eccesso non s'addicono a un uomo libero. Pesante e rozzo è l'ascoltatore che rimane freddo e impassibile di fronte a qualunque riflessione, e pieno di una presunzione incancrenita e di un'autoconsiderazione profundamente radicata, convinto com'è di saper esprimere qualcosa di meglio di quel che sente dire, non batte ciglio, come invece educazione vorrebbe, e non emette sillaba a testimonianza del fatto che sta seguendo volentieri e con interesse, ma se ne resta in silenzio e ostentando una gravità affettata e di maniera cerca di cattivarsi la reputazione di persona di solide e profonde convinzioni, dando a vedere di valutare gli elogi alla stregua del denaro e di pensare che nella proporzione in cui se ne elargiscono agli altri si finisce per privarne se stessi. Molti interpretano in modo erroneo e stonato quella frase di Pitagora, in cui egli disse d'aver tratto dalla filosofia l'incapacità di stupirsi di qualunque cosa39: costoro ne hanno ricavato invece il non saper elogiare e apprezzare nulla, con la conseguente assunzione di un atteggiamento sprezzante e l'idea che la dignità nasca dall'alterigia. Ora, è vero che il ragionamento filosofico, grazie al processo conoscitivo e all'informazione sulle cause dei singoli eventi, elimina il senso di meraviglia e di stupore che nasce dal dubio e dall'ignoranza, ma non annulla certamente garbo, misura e affidabilità. Per le persone realmente e coerentemente buone la soddisfazione più alta consiste nel tributare il giusto riconoscimento a chi lo merita, ed effettivamente non c'è onore più bello del rendere onore a un altro, perché proviene da esuberanza e ricchezza di fama: chi invece è avaro di elogi per gli altri dà l'impressione di esserne lui stesso povero ed affamato.

 

Opposto d'altro canto è l'atteggiamento di chi, senza il minimo discernimento, ad ogni parola e ad ogni sillaba si sofferma e grida: leggero come un uccello, costui riesce spesso sgradito anche a chi dibatte e fastidioso sempre per gli altri che ascoltano, perché contro voglia li eccita e li spinge ad imitarlo, quasi che un senso di pudore li trascinasse a forza a fargli da eco. Cosi, senza aver tratto alcun profitto per aver reso l'ascolto pieno di confusione e di trambusto con i suoi elogi, se ne va portandosi appresso uno di questi tre titoli: ipocrita, adulatore o incompetente perché questa è l'impressione che ha dato di sé.

Chi è chiamato a far da giudice in un processo non deve ascoltare con malanimo o parzialità, ma secondo coscienza, guardando alla giustizia; quando invece si ascolta una discussione filosofica non ci sono leggi o giuramenti che ci impediscano di accogliere con simpatia chi disserta. Anzi, gli antichi collocarono Ermes vicino alle Grazie, volendo significare che un discorso richiede soprattutto grazia e gentilezza. Non è possibile che chi parla sia in assoluto talmente inetto ed impreciso da non offrire niente che possa essere apprezzato: una riflessione sua, una citazione altrui, l'argomento stesso e lo scopo del discorso, o almeno lo stile o la disposizione della materia, come tra le ginestre e l'ononide irta di spine spuntano i bucaneve dai delicati fiori.

C" chi riesce persuasivo anche tessendo panegirici del vomito, della febbre e, per Zeus!, perfino della pentola: e come potrebbe allora non dare assolutamente un po' di respiro e non fornire un'occasione di elogio, ad ascoltatori benevoli e garbati, il discorso pronunciato da chi in un modo o nell'altro gode fama o nome di filosofo? I giovani in fiore, come dice Platone, eccitano sempre, in un modo o nell'altro le nature sensuali: se sono di carnagione chiara, li chiamano «figli degli Dei», se sono bruni «Virili»; a un naso aquilino danno l'eufemistico nome di «regale», a uno camuso di «grazioso»; un  colorito giallastro diventa per loro del «colore del miele», e cosi tutti li baciano e li amano perché l'amore, come l'edera, è abile ad avvincersi con  qualsiasi scusa.

A maggior ragione, dunque, chi si diletta di ascoltare e ama i discorsi seri saprà sempre trovare qualche elemento in base al quale apparirà elogiare motivatamente ogni singolo oratore. Platone, ad esempio, pur disapprovando l'invenzione nell'orazione di Lisia e criticandone la disposizione, ne elogia comunque lo stile e afferma che in lui «ogni parola è chiara e rotondamente tornita». Si potrebbero biasimare i temi di Archiloco, la versificazione di Parmenide la semplicità di Focilide la verbosità di Euripide la discontinuità di Sofocle cosi come senza dubbio tra gli oratori c'è chi non sa ritrarre i caratteri chi è fiacco nel destare emozioni, chi è privo di grazia: ciò nonostante ciascuno di loro viene elogiato per la peculiarità delle doti naturali che gli consentono di far presa e trascinare. Anche all'ascoltatore, quindi, è data facile ed ampia possibilità di mostrarsi cordiale con chi parla: ad alcuni basta, anche se non aggiungiamo la testimonianza della voce, offrire uno sguardo mite, un volto pacato, una disposizione benevola e non annoiata.

Per concludere, ecco alcune norme di comportamento, per cosi dire generali e comuni, da seguire sempre in ogni ascolto, anche in presenza di un'esposizione completamente fallita: stare seduti a busto eretto, senza pose rilassate o scomposte; lo sguardo dev'essere fisso su chi sta parlando, con un atteggiamento di viva attenzione; l'espressione del volto dev'essere neutra e non lasciar trasparire non solo arroganza o insofferenza ma persino altri pensieri e occupazioni. In ogni opera d'arte, si sa, la bellezza deriva, per  cosi dire, da molteplici fattori che per una consonanza misurata e armonica  pervengono a una proporzionata unità, mentre basta una semplice mancanza o un'aggiunta fuori posto per' dare subito vita alla bruttezza: analogamente, quando si ascolta, non solo sono sconvenienti l'arroganza di una fronte corrugata, la noia dipinta sul viso, lo sguardo che vaga qua e là, la posizione scomposta del corpo e le gambe accavallate, ma sono da censurare, e richiedono molta circospezione, persino un cenno o un bisbiglio con un altro, un sorriso, gli sbadigli sonnacchiosi, lo sguardo fisso a terra e qualunque altro atteggiamento del genere.

 

L´ARTE DI ASCOLTARE 3

Plutarco

14. Altri pensano che chi parla abbia dei doveri da assolvere e chi ascolta, invece, nessuno; pretendono che quello si presenti dopo aver meditato ed essersi preparato con cura, mentre loro invadono la sala liberi da ogni pensiero eriflessione, e prendono posto esattamente come se fossero andati a un banchetto, a spassarsela, mentre altri faticano. Eppure se persino un convitato che sappia stare in compagna, ha dei doveri da assolvere, molti di più ne ha chi ascolta, perché è coinvolto nel discorso ed è chiamato a cooperare con chi parla, e non è giusto che stia a esaminarne con severità le stonature e a vagliarne criticamente ogni parola e ogni gesto, mentre lui, senza doverne rispondere, si abbandona per tutta la durata dell'ascolto a un contegno scomposto e variamente scorretto. Quando si gioca a palla le mosse di chi riceve devono essere in sintonia con quelle di chi lancia: cosi in un discorso c'è sintonia tra chi parla e chi ascolta se entrambi sono attenti ai loro doveri.

15. Nel manifestare il proprio assenso, poi, bisogna guardarsi dall'usare le prime parole che vengono in mente. Quando Epicuro, ad esempio, riferendosi alle lettere di alcuni amici, dice che ne sente scaturire un fragore d'applausi, ci riesce stucchevole: cosi chi ai nostri giorni introduce nelle sale dove parlano i filosofi epiteti stravaganti come «divino!», «ispirato!», «inarrivabile!», quasi non bastassero più i «bene!», «bravo!», «giusto!», con cui abitualmente manifestavano la propria approvazione i discepoli di Platone, di Isocrate o di Iperide tiene un comportamento oltremodo sconveniente e finisce per gettare cattiva luce su chi parla, suggerendo l'impressione che questa richiesta di elogi superbi e straordinari nasca da lui. Davvero fastidioso poi è chi ricorre al giuramento, come fosse in tribunale, per testimoniare la propria approvazione nei confronti di chi parla, e non meno lo sono quelli che sbagliano la mira nel riferirsi alle qualità della persona e a un filosofo gridano «che sottigliezza!», a un vecchio «che grazia!» o «che fiore!», trasferendo ai filosofi gli epiteti che si usano con chi ama giwm e sfoggi di eloquenza nelle esercitazioni scolastiche, o attribuendo a un discorso saggio elogi degni di una prostituta: è come se si volesse cingere il capo di un atleta con una corona di gigli o di rose e non di alloro o di oleastro! Il  poeta Euripide stava suggerendo ai suoi coreuti l'interpretazione di un passaggio lirico nel modo musicale prescelto, quando uno di loro scoppiò a  ridere: «Se tu non fossi insensibile ed ignorante - gli disse - non rideresti nel vedermi cantare in nussolidio»; cosi credo che un filosofo o un uomo politico potrebbero troncare le intemperanze di un ascoltatore disinvolto dicendogli: «Tu mi sembri folle e maleducato, perché altrimenti, mentre io sto insegnando o ammonendo o dissertando sugli Dei, sullo Stato o su una carica pubblica, tu non ti metteresti a canticchiare e danzare al ritmo delle mie parole». Prova a pensare in quale confusione si verrebbero a trovare i passanti se sentissero urla e schiamazzi provenire dalla sala dove sta parlando un filosofo: si chiederebbero imbarazzati se quegli applausi non siano rivolti a un auleta, un citaredo o un danzatore.

16. Moniti e rimproveri, a loro volta, non si devono ascoltare con indifferenza o viltà. Chi resta calmo e impassibile nel sentirsi redarguire da un filosofo, al punto che nel sentirsi biasimare sorride e riserva parole d'elogio a chi lo biasima, si comporta come i parassiti che di fronte agli insulti di chi li mantiene, nella totale sfacciataggine e sfrontatezza che li caratterizza, danno con la loro impudenza un saggio di virilità non bello né schietto.  Accettare senza irritazione e con un sorriso una battuta priva d'insolenza, pronunciata per scherzo e con arguzia, non è comportamento ignobile o grossolano, ma al contrario liberale e conforme al costume laconico. Ascoltare invece una rampogna e un monito volti a raddrizzare il carattere, che ricorrono a una parola di biasimo come a un medicamento che brucia, senza farsi piccolo piccolo, imperlarsi di sudore, sentirsi girare la testa e avvampare di vergogna nell'anima, ma restando indifferente e con un ghigno beffardo e ironico dipinto sul volto, è proprio di un giovane profondamente abietto e insensibile ad ogni forma di pudore per inveterata abitudine agli errori, la cui anima, quasi fosse una carne dura e callosa, non riceve lividi.

Cosi si comportano dunque i giovani di questo tipo. Quelli di indole opposta, invece, anche se sono ripresi una sola volta, scappano via senza  volgersi indietro e fuggono lontano dalla filosofia: cosi, pur avendo ricevuto dalla natura il senso del pudore come bel principio di salvezza, lo gettano via per la loro delicatezza e mollezza, non riuscendo a mantenersi saldi davanti ai rimproveri e ad accettare gli emendamenti con la giusta forza d'animo, e finendo invece per porgere l'orecchio ai melliflui e molli discorsi di certi adulatori o sofisti, che incantano con la loro voce melodiosa ma priva di utilità e di giovamento. Se al termine di un'operazione uno fugge via dal medico e non vuole che gli bendi la ferita, accetta la parte dolorosa dell'intervento ma non attende l'effetto benefico della cura: cosi chi non offre alla parola, che ha inciso e ferito la sua stoltezza, la possibilità di cicatrizzare e rimarginare, si allontana dalla filosofia morso e sofferente, ma privo di qualunque reale beneficio. Perché non solo la piaga di Telefo è guarita dalla minuta limatura della lancia, come dice Euripide, ma anche il morso che la filosofia imprime nei giovani di indole buona è risanato dalla stessa parola che provocò la ferita.

Perciò è necessario che chi viene ripreso accetti questa sofferenza e si lasci mordere senza restarne oppresso e accasciato, ma come in una ceremonia iniziatica a cui l'ha introdotto la filosofia, dopo avere sopportato le prime purificazioni e i primi travagli, speri un po' di dolcezza e di luce dopo l'inquietudine e il turbamento di quei momenti. In realtà, persino nel caso in cui la critica gli sembri immeritata, è bene che uno si freni e resti, mentre l'altro parla, in paziente attesa: poi, quando ha finito, deve andare da lui per esporgli le proprie argomentazioni e pregarlo di riservare quella franchezza e quel tono appena usati contro di lui per qualche sua reale mancanza.

 

17. Quando s'incomincia a leggere e a scrivere, a suonare la lira o a frequentare una palestra, le prime lezioni comportano notevole confusione, fatica e oscurità, ma poi, mano a mano che si va avanti, si instaurano a poco a poco, come avviene nei rapporti interpersonali, una grande familiarità e conoscenza, che rendono ogni cosa gradita, agevole e facile da dire e da fare.

Cosi capita anche con la filosofia: i primi approcci con il suo linguaggio e le sue tematiche danno la sensazione di inoltrarsi su un terreno scivoloso e inconsueto, ma non per questo si deve subito sentirsene intimoriti e rinunciare, intimiditi e scoraggiati; bisogna, al contrario, affrontare i vari ostacoli e con perseveranza e desiderio di procedere oltre, attendere che insorga quella familiarità che rende dolce ogni cosa bella. E questa, in realtà, non tarderà molto a prodursi e a riversare sui nostri studi una luce grande, ingenerando un ardente amore per la Virtù. Davvero miserabile e vile è chi accettasse di trascorrere il resto della propria esistenza senza questo amore, dopo aver disertato la filosofia per pusillanimità.

 

I temi trattati dalla filosofia possono forse presentare all'inizio qualche aspetto di difficile intelligibilità per gli inesperti e per i giovani, ma ciò non toglie che la responsabilità di ciò che in massima parte appare oscuro e incomprensibile ricada proprio su di loro, dato che, indipendentemente dall'avere temperamenti opposti, essi finiscono per commettere lo stesso errore.

Gli uni, infatti, per pudore e ritegno, esitano a porre domande a chi parla e ad assicurarsi del senso reale delle sue parole, e fanno cenni d'assenso dando ad intendere di averle assimilate bene; gli altri, al contrario, spinti da inopportuna ambizione e vano spirito di competizione verso i compagni, cercano di dimostrare la propria acutezza e capacità di apprendimento, e dichiarando di avere capito prima di avere compreso, finiscono per non comprendere un bel niente. Poi, a chi si vergognava e se n'era stato in silenzio, capita che una volta lasciata l'aula se la prende con se stesso e non sa che fare, e alla fine, costretto dalla necessità, torna sui suoi passi e con accentuato senso di vergogna tormenta chi ha parlato con una domanda dopo l'altra e non lo molla più, mentre gli ambiziosi e presuntuosi continuano a nascondere e dissimulare l'ignoranza che alberga dentro di loro.

 

19. Lasciamo perdere dunque simili forme di stupidità o millanteria e pur di apprendere e assimilare le riflessioni utili accettiamo anche le risatine di chi vuol dare a Vedere di essere intellettualmente dotato, come fecero Cleante e Senocrate, che in apparenza erano più lenti dei compagni, ma in realtà non demordevano dall'apprendere e non si smarrivano d'animo, ed erano anzi i primi a prendersi in giro, paragonandosi a vasi dall'imboccatura stretta o a tavolette di bronzo, alludendo al fatto che facevano fatica ad accogliere le parole, ma poi le conservavano in modo saldo e sicuro. Perché non solo, come dice Focilide spesso deve subire delusioni chi aspira alla virtù, ma spesso deve accettare anche di essere deriso e schernito, e sopportare canzonature e  volgarità pur di eliminare con tutto se stesso la propria ignoranza ed abbatterla.

Non bisogna trascurare, d'altra parte, nemmeno l'errore contrario, che taluni commettono per indolenza, col risultato di rendersi sgradevoli e fastidiosi: quando sono per conto loro non vogliono scomodarsi, ma poi disturbano chi parla sottoponendogli in continuazione domande sugli stessi argomenti, come uccellini

implumi che stanno sempre a bocca aperta verso l'altrui bocca e vogliono ricevere da altri ogni cosa ormai pronta e predigerita. C'è poi chi aspira a guadagnarsi la fama di persona attenta e acuta dove non è il caso, e sfinisce chi parla a forza di chiacchiere e di curiosità, sollevando in continuazione quesiti non necessari o chiedendo spiegazioni su argomenti che non ne hanno

alcun bisogno: cosi strada corta diventa lunga, come dice Sofocle, e non solo per loro, ma anche per gli altri. Interrompendo in continuazione il maestro con domande vane e superflue, come in un viaggio in compagnia, non fanno che intralciare l'andamento regolare della lezione, che subisce fermate e ritardi. Questi tali somigliano, secondo leronimo, a quei cagnolini vili e insistenti, che in casa mordono le pelli delle fiere e ne strappano il vello, mentre se queste fossero vive si guarderebbero bene dal toccarle. Dobbiamo esortare i pigri di cui parlavamo a mettere insieme il resto da soli, una volta che l'intelligenza abbia fatto loro comprendere i. punti essenziali, tenendo a mente quanto hanno ascoltato perché sia loro da guida nel proseguimento della ricerca e accogliendo la parola altrui come principio e seme da sviluppare ed accrescere. La mente non ha bisogno, come un vaso, di essere riempita, ma piuttosto, come legna, di una scintilla che l'accenda e vi infonda l'impulso della ricerca e un amore ardente per la verità. Come uno che andasse a chiedere del fuoco ai vicini, ma poi vi trovasse una fiamma grande e luminosa e restasse là a scaldarsi fino alla fine, cosi chi si reca da un altro per prendere la. Sua  parola ma non pensa di dovervi accendere la propria luce e la propria mente, e siede incantato a godere di ciò che ascolta, trae dalle parole solo un riflesso esterno, come un volto che s'arrossa 'illumina al riverbero della fiamma, senza riuscire a far evaporare e scacciare dall'anima, grazie alla filosofia, quanto vi è dentro di fradicio e di buio.

Se è necessario qualche altro consiglio per imparare ad ascoltare, bisogna tenere a mente quanto ora si è detto, ma di pari passo con l'apprendimento esercitarsi nella ricerca personale, per acquisire un abito mentale non da sofisti o da puri eruditi, ma al contrario profondamente radicato e filosofico, considerando che il saper ascoltare bene è il punto di partenza per vivere secondo il bene.

Il Catalogo di Lamptia, al n. 102, menziona un Peri topi akoyein tòn philosóphon (Come si ascoltano i filosofi): pochi dubbi che si tratti proprio del nostro opuscolo. L'aggiunta ton philosóphon, assente nei codici, può apparire

giustificata dall'intento del compilatore del Catalogo di eliminare ogni possibile ambiguità sull'argomento dello scritto, dato che il verbo akoyein, in modo del tutto analogo al latino audire, accanto al significato, puramente uditivo, di «ascoltare», ha anche quello tecnico di «ascoltare una lezione o una conferenza». Ed è proprio questo lo scopo che Plutarco si prefigge in questo opuscolo: insegnare a un giovane come si debba comportare quando, terminato il ciclo degli studi secondari (gli egkyklia paidomata), inizia a frequentare le aule dove insegnano i filosofi. Il cambiamento è radicale, perché il ragazzo deve saper mettere a frutto l'improvvisa libertà di cui gode, non avendo più un maestro di scuola che lo controlla nello studio o un preciso programma da

imparare: gli si dischiude un mondo completamente nuovo, in cui si può anche celare qualche insidia. Per capire, dobbiamo svolgere qualche preliminare considerazione su come avveniva in quei tempi l'insegnamento della filosofia': c'erano i corsi regolari, in cui, dopo una prima fase di iniziazione alla materia e alla sua complessa terminologia, si passava allo studio, per sommi capi, della storia della filosofia (un po' come avviene oggi nei nostri licei); seguiva poi l'insegnamento della dottrina professata dal maestro, con la lettura e il commento di testi classici del fondatore o dei più illustri continuatori della setta. Anche gli studenti potevano essere chiamati a commentare davanti ai compagni questo o quel passo, per dimostrare il loro grado di assimilazione della materia (con un metodo simile a quello che veniva praticato nelle scuole di retorica). I professori tenevano anche lezioni aperte a una cerchia più vasta di uditori, vere e proprie conferenze pubbliche, dove esponevano i propri convincimento e le proprie riflessioni su temi prevalentemente morali, prendendo spunto da un testo o da qualsiasi altra contingente occasione. L'insegnamento aveva però anche un altro aspetto fondamentale, che consisteva in quella che si potrebbe chiamare, in termini odierni, analisi e terapia di gruppo: il maestro sollevava una questione di ordine morale e invitava gli studenti ad esporre ad alta voce le loro riflessioni sull'argomento e a confessare le proprie eventuali debolezze, assumendosi con il suo intervento il ruolo di guida spirituale e terapeuta delle coscienze. La conversazione poteva essere anche privata, al termine della seduta di gruppo: si instaurava cosi, tra discepolo e maestro, un legame profondo, di incondizionata stima, che sfociava talora in un'autentica dipendenza psicologica.

 

Questo è il mondo che si dischiude ora al giovane Nicandro, il destinatario dell'opuscolo, un mondo affascinante e fondamentale per la sua  costruzione morale, ma in cui è necessario che egli impari ad «ascoltare»,  per poter trarre il massimo profitto dalle parole che ascolta e saperne al tempo stesso distinguere il reale valore. Ogni affermazione deve essere sottoposta al vaglio costante della ragione, per evitare il rischio, comune negli uomini, di accogliere anche ragionamenti falsi e cattivi per simpatia o fiducia nei confronti di chi parla. Chi «ascolta» ha doveri da assolvere e indispensabili norme comportamentali da seguire: e la prima è restare in silenzio finché l'esposizione è in corso, evitando atteggiamenti scomposti o intempestive interruzioni, e riservando le domande di chiarimento e e eventua i obiezioni (che devono essere in ogni caso meditate e pertinente alla fine  del discorso.

Qualunque forma di presunzione, di esibizionismo o di invidia deve essere bandita: bisogna disporsi all'ascolto con animo bendisposto e pacato, «come se si fosse invitati a un banchetto sacro o alle cerimonie preliminari di un sacrificio», apprezzando, Inefficacia o almeno la buona volontà di chi espone in pubblico le proprie opinioni e cerca di convincere gli altri ricorrendo agli stessi ragionamenti che hanno persuaso lui. In caso di insuccesso occorre meditare sulle cause che l'hanno determinato, facendo sempre e comunque tesoro dei difetti ravvisati negli altri per poterli eliminare in noi. Si devono evitare atteggiamenti di supponenza e al contrario troppo entusiastiche manifestazioni di assenso, che risultano parimenti fastidiose per chi parla e per gli altri che ascoltano. Bisogna concentrarsi sui concetti, e non sullo stile e la dizione, e all'uscita esaminare e giudicare la lezione partendo da se stessi e dal proprio stato d'animo, «valutando se qualche passione sia divenuta più debole, qualche fastidio più leggero, se si siano rinsaldate in noi determinazione e volontà, se sentiamo in cuore un rinnovato entusiasmo per la virtù e per il bene». Ogni forma di indifferenza o timidezza di fronte ai moniti e ai rimproveri deve essere bandita: bisogna lasciarsi curare dalle parole del maestro, perché solo cosi «il saper ascoltare bene costituirà il punto di partenza per vivere secondo il bene». L'opuscolo si conclude con una famosa immagine, che unicamente alla raccomandazione di non rinunciare mai al proprio senso critico, costituisce l'eredità concettuale più significativa del De recta ratione audiendi: i giovani non devono essere riempiti di nozioni, ma accesi d'entusiasmo per la conoscenza, ponendo nella loro mente il seme che li stimoli a proseguire da soli lungo la strada della ricerca e della verità. Con modernità non sorprendente per chi lo conosce, Plutarco pone qui l'accento su un principio pedagogico di fondamentale importanza.

Il De recta ratione audiendi si presenta anche come il manuale, il galateo del perfetto «uditore». Con l'abituale acutezza psicologica Plutarco passa in rassegna la galleria, eternamente uguale, dei tipi umani che frequentano le sale delle conferenze: ecco allora i ritratti dell'esibizionista (che approfitta del minimo pretesto per portare il discorso sui temi da lui preferiti), del malizioso (che cerca di porre in difficoltà l'oratore con quesiti sofisticati e fuori luogo), dell'arrogante (che segue accigliato e serioso, 'palesando un sovrano distacco), dell'invidioso e malevolo (pronto a criticare tutto, sempre e comunque), dell'ignorante (che non capisce nulla, ma non lo vuol dare a vedere e si nasconde dietro grandi sorrisi e ampi cenni d'assenso), dell'adulatore, dell'ipocrita, e cosi via.

Il tema principale dell'opuscolo è trattato anche da Musonio Rufo (cfr. Gellio V, 1-4, e n. 54 alle pp. 293-294) e da Epitteto (Diatr.II, 24), che riflette sulla necessità che gli studenti imparino ad ascoltare, per poter essere di stimolo alla lezione del maestro.

 

Nella traduzione alcuni termini perdono purtroppo il loro sapore: è il caso di akróasis (il latino auditio), che indica appunto l' «ascolto» di una conferenza-lezione: l'italiano «audizione», che ne è il calco diretto, ha assunto ormai significati tecnici che ne rendono impossibile l'impiego. Si è cosi optato, quando era possibile, per «ascolto» (che conserva almeno la connotazione «uditiva» della parola greca), usando «lezione» negli altri casi.

L'opuscolo ebbe a partire dal Cinquecento diverse traduzioni latine a stampa: tra le prime quelle del bresciano Giovanni C alfurnio (Plutarchi liber qui de audiendo inscribitur, pubblicata a Venezia, per i tipi di Bernardinus de Vitalibus nel 1505, nel volume Moralia Plutarchi traducta), defl'umanista inglese Richardus Paceus (De modo audiendi, nel volume Plutarchi Opuscula [.. 1, edito a Venezia dallo stesso stampatore nel gennaio del 1522), e infine di Othmar Nachtigall (Ottomarus Luscinius), De auditoris officio (inserita nel secondo volume dell'edizione Plutarchi Chaeronei, philosophi bistoticique clarissimi, Opuscula moralia, stampata a Lione «apud Sebastianum Gryphium», nel 1541). Le prime, e credo ultime, traduzioni italiane si devono a M. Giovanni Tarchagnota (De l'ufficio de l'udire, nel volume Alcuni Opuscoletti de le cose morali del Divino Plutarco in questa nostra lingua nuovamente tradotti. Seconda parte [..], in Vinegia per Michele Tramezino, 1549) e a Marcello Adriani il Giovane (Dell'udire, condotta nella seconda metà del Cinquecento e pubblicata dal Piatti nel 1819: cfr. p. 11). o «lezione» negli altri casi.

L'opuscolo ebbe a partire dal Cinquecento diverse traduzioni latine a stampa: tra le prime quelle del bresciano Giovanni C alfurnio (Plutarchi liber qui de audiendo inscribitur, pubblicata a Venezia, per i tipi di Bernardinus de Vitalibus nel 1505, nel volume Moralia Plutarchi traducta), defl'umanista inglese Richardus Paceus (De modo audiendi, nel volume Plutarchi Opuscula [.. 1, edito a Venezia dallo stesso stampatore nel gennaio del 1522), e infine di Othmar Nachtigall (Ottomarus Luscinius), De auditoris officio (inserita nel secondo volume dell'edizione Plutarchi Chaeronei, philosophi bistoticique clarissimi, Opuscula moralia, stampata a Lione «apud Sebastianum Gryphium», nel 1541). Le prime, e credo ultime, traduzioni italiane si devono a M. Giovanni Tarchagnota (De l'ufficio de l'udire, nel volume Alcuni Opuscoletti de le cose morali del Divino Plutarco in questa nostra lingua nuovamente tradotti. Seconda parte [..], in Vinegia per Michele Tramezino, 1549) e a Marcello Adriani il Giovane (Dell'udire, condotta nella seconda metà del Cinquecento e pubblicata dal Piatti nel 1819: cfr. p. 11).

 


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