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sábado, 22 de julio de 2023

ANDRÉS BELLO, EL SABIO

 


ANDRÉS BELLO, EL SABIO


©Abg. Giuseppe Isgró C.

 

 

Carlos V, con agudeza singular, frente al voraz afán por destruir todo vestigio del pasado, como lo señala Bartolomé De Las Casas, en su reseña al respecto, sugería rescatar la memoria histórica de los antepasados, en el territorio americano.

Uno de los que siguieron aquella sugerencia fue Pedro de Cieza de León, que en su Crónica del Perú y en El Señorío de los Incas.

En todo país es preciso rescatar los Valores de la Patria. Andrés Bello, relevante figura del humanismo americano, fue conocido, en su época, como “el hombre que lo sabía todo”.

Ya al salir para Londres, en junio de 1810, en compañía de López Méndez y de Simón Bolívar, había escrito su Resumen de la Historia de Venezuela, y la Gramática Castellana para el uso de los americanos, con la que buscaba mantener la unidad del castellano, era una obra acabada.

Sin duda, denota ya, a esa temprana juventud, un genio formidable, con la que habría pasado como uno de los grandes hombres de la humanidad. Es la segunda gramática más importante después de la de Antonio Nebrija, escrita en 1492, con análogo fin. Su lectura es una delicia, por la concisión, perfección de estilo y claridad en las ideas, en la edición ampliada y comentada por Rufino José Cuervo.

Su permanencia en Londres, y su acceso a la Biblioteca del Museo Británico y a la de Francisco de Miranda, durante diecinueve años, le permitió cultivar ampliamente su acervo cultural en tal grado que constituyó la base para su fecunda obra en Chile, en la tercera etapa de su vida.

Su extensa obra como Jurisconsulto y Legislador, por su aporte a la Constitución Chilena, a la Redacción del Código Civil, que al igual que lo hacen los literatos con el Napoleónico, es preciso leer para perfeccionar el arte de escribir con precisión en las ideas y la elegancia en el estilo.

Fue, además Pedagogo, de múltiples facetas, que creó “escuela” y una constelación de discípulos que continuarían su obra. Su discurso al inaugurar la Universidad de Chile, de la que sería su Rector aún después de su desencarnación, impresionó al joven Rafael Caldera, cuando a los diecinueve años escribió su obra “Andrés Bello”, -clásico continental del bellismo-, analizando las principales las vertientes del Maestro.

Fue el pionero, en América, del Derecho Internacional, siendo el redactor de gran número de Tratados, además de la reseña de Bolívar en Londres, de lectura obligada, y de la adaptación de los principios del Derecho de Gentes, a la realidad americana, para hacer más fluidas las relaciones internacionales de las jóvenes naciones.

En geografía, astronomía, historia, poesía de corte clásico, cultivo del latín, griego y otras lenguas, Derecho Romano, Crítica Literaria, Discursos en el Senado Chileno, traducciones como la de Orlando Enamorado, e incontables artículos para la educación de América, sus estudios del Cid, los de Filosofía y filología, entre otros, sus columnas en el Repertorio Americano y en el Araucano, denotan la vastedad de su saber.

Cuando, en cierta ocasión Antonio Leocadio Guzmán daba un discurso sobre Andrés Bello, se disculpa enseguida cuando observa que le resulta poco fácil abarcar la inmensidad del personaje.

Andrés Bello sigue siendo uno de los principales maestros de las patrias americanas, ya que trascendió los límites de la propia, y los nuevos líderes e intelectuales, y cualquier persona que se precie de culta, precisa emular, cultivándose, en las obras completas del sabio venezolano.

Qué influjo no ejercería sobre Rafael Caldera en su larga trayectoria política, pedagógica y de profundo pensador, como se denota en “Moldes para la Fragua”, y en “Reflexiones desde la Rábida”, sin duda otro modelo a emular, para las nuevas generaciones.

Juan Vicente González estaba asombrado cuando el 24 de noviembre de 1865, al llegar la noticia de la desencarnación de Bello, la gente, en la Caracas de entonces, la recibió con cierta indiferencia. Él presintió el suceso al ver que esa tarde era menos alegre que las otras tardes caraqueñas.

Luis Correa señala algo análogo con Teresa de la Parra, escritura de exquisita prosa y estilo clásico, con sus obras cumbres Ifigenia y Memoria de Mamá Blanca. Argentina, México, y el resto de Latinoamérica, exaltaron los méritos literarios de su obra, pero en Venezuela pasó como algo intrascendente.

Empero, los maestros de la Patria constituyen los paradigmas que es preciso emular en la edificación de la propia obra, ya que ellos vieron más lejos los futuros destinos que se precisa construir en el espacio y en el tiempo. Un claro ejemplo lo tenemos con José Antonio Páez y Simón Bolívar.

Pero, al igual que lo hiciera Andrés Bello, hay que avocarse al estudio de la obra de todos los grandes hombres, y mujeres, de la humanidad, para el cultivo de la Doctrina Universal, y tener la visión amplía en las funciones de líderes, que cada generación está destinada a generar.

Centremos, las nuevas generaciones, la atención en la obra de Andrés Bello, y sin duda alguna tendremos el mejor ejemplo a emular en el desarrollo del propio intelecto y comprensión del mundo en el que nos ha tocado vivir.

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domingo, 11 de julio de 2021

ANDRÉS BELLO

 

ANDRÉS BELLO

 

©Giuseppe Isgró C.

 

  

 Andrés Bello, -el primer humanista de América-, es uno de los dos Aristóteles que, simultáneamente, dio Venezuela. El otro fue José María Vargas.

 La vida de Andrés Bello contempla tres etapas claramente definidas: la primera, denominada “La caraqueña”, desde su nacimiento, el 29 de noviembre de 1781, hasta el 10 de junio de 1810, día en que, junto con Simón Bolívar y Luis López Méndez, viaja a Londres, en misión diplomática.

 La segunda, “La londinense”, cuya duración alcanza hasta el 16 de febrero de 1829, fecha en que se embarca en el bergantín Grecian con destino a Valparaíso; y la tercera, “La chilena”, desde el 25 de junio hasta el 15 de octubre de 1865.

 En cada etapa, Andrés Bello, cumple un rol y todas forjan al maestro de América, personalidad tan rica en contenido vario y de multiplicidad en la acción, que, bien podría decirse, vivió muchas vidas en una sola y en cada una brilló la creatividad del genio.

 Sí solamente hubiese escrito su obra “La Gramática de la Lengua Castellana destinada al uso de los americanos”, habría pasado a la historia como uno de los grandes hombres de América y de la humanidad, por cuanto, tal como lo señaló Dámaso Alonso, -en su prólogo, en la edición respectiva de las Obras Completas-, es una de las mejores que se han escrito en lengua española, y una de las mejores del mundo.

 Es el primer, -y el más importante-, poeta de corte clásico que, en su rango, ha dado el continente americano.

 Sus “Silvas”, -a la Agricultura de la Zona Tórrida-, la Alocución a la Poesía, etc., que formaban parte de una obra de mayor extensión, intitulada América, y su traducción de “Orlando enamorado”, lo califican como uno de los mejores poetas descriptivos de la lengua española.

 Andrés Bello, es, con justicia, con su Código Civil de Chile, -de elevadísima excelencia-, -al igual que Alfonso X el Sabio, con sus obras EL ESPECULO y LAS SIETE PARTIDAS-, uno de los grandes legisladores –que a nivel individual-, ha dado la historia de la humanidad, en cuya estructuración, si bien, Bello, consultó todos los códigos existentes, en su época, refleja originalidad en los enfoques y maestría inigualable en su redacción. El Código Civil, es una obra que, comenzada en equipo, dejó en el camino a sus integrantes, excepto a Bello, quien con tenaz persistencia, continuó su elaboración por más de veinte años, el cual fue aprobado sin enmiendas, -salvo las hechas por él mismo, posteriormente-, por unanimidad, por el Congreso chileno, en 1855. Casi todos los países latinoamericanos lo adoptaron, excepto Venezuela. Aún conserva vigencia, salvo las adaptaciones fruto de los avances de los pueblos. Es un clásico de lectura obligada para todo intelectual y por las nuevas generaciones.

Fue, Andrés Bello, -en América-, el pionero del Derecho Internacional, publicando, en 1832, su obra “Principios de Derecho Internacional”, -inspirándose en la grandiosa obra jurídica del maestro de Salamanca y asesor de Carlos V, Francisco de Vitoria, fundador del Derecho Público Internacional, y gran exponente del Derecho Público Interno y Derecho Natural, así como en las obras de Hugo Grocio, Samuel von Pufendorf y Emerich de Vattel, entre otros-, la cual escribió para orientar, adecuadamente, y optimizar, las relaciones internacionales de Chile.

 De igual manera, escribió un excelente tratado sobre “Derecho Romano”. Como crítico, Bello, sintetiza, en profundo y ameno análisis, toda la obra literaria de la antigüedad, desde los Vedas, el Mahabharata, los Upanishads, los clásicos griegos, los hebreos, -escribió una descripción sintética de la Biblia-; los latinos, -cuya síntesis, por ejemplo, es una de las mejores que leerse puede, aún comparándola con otras de autores posteriores-; pasando por los clásicos españoles, franceses, ingleses, y las más importantes de su época, incluyendo escritores neo-clásicos del Renacimiento, y los máximos exponentes del Romanticismo.

 Su estudio del Mio Cid, -buscando la influencia de sus orígenes-, es un tratado que recibió elogios de Menéndez Pelayo.

 La gramática latina, comenzó a estudiarla -en temprana edad-, en Caracas, dejando sus frutos al complementar la obra de su hijo Francisco Bello. La gramática griega la profundizó en la casa de Francisco de Miranda, en Londres, lo cual le permitió leer, en sus originales, los clásicos griegos.

Sus escritos históricos y geográficos reflejan la profundidad de su visión, -tanto en sus poemas como en otros artículos-, dejando un excelente “Resumen para la Historia de Venezuela” y la obra “Cosmografía”, en la cual sintetiza conocimientos de astronomía.

 Tuvo en gran estima la Historia de Roma, de Tito Livio, que releyó gran número de veces.

 Su labor en el Senado –es elegido senador en 1837 y reelegido sucesivamente hasta 1864 (se le concedió la ciudadanía chilena mediante una ley especial)-, dejó discursos que constituyen fuente obligada para todo político.

 Su labor periodística la inicia, Bello, en Caracas, pero, la desarrolla en mayor grado con la fundación -en compañía del neogranadino Juan García del Río-, de la Biblioteca Americana, en 1823, de corta duración. En 1826, funda, él solo, el Repertorio Americano, rigurosamente americanista. En 1831 comienza a publicar en el Araucano, del cual será su director en 1850. Bello, publicaba la síntesis de todos los avances y progresos de su época para orientar –instruyendo-, al pueblo de Chile y de América.

 Su labor como educador, en todos los niveles, alcanza la máxima expresión creativa con la fundación de la Universidad de Chile, de la cual fue su primer rector desde el 21 de julio de 1843, durante 23 años. Su discurso inaugural por si solo sería suficiente para calificarlo como un gran pensador. Se constituyó en forjador de la sociedad culta de Chile, dejando una constelación de discípulos de gran quilate, que van a seguir los pasos del maestro.

 Bello ha recibido, merecidamente, el título de Maestro de América, por su influencia modeladora en todo el continente.

 Como filósofo, dejó su huella profunda en la obra “Filosofía del Entendimiento”, publicada en 1842, cuya proyección futura contemplaba una segunda parte sobre la filosofía de los valores –axiología- y la ética. Bello fue masón, iniciándose como tal, en la Gran Reunión Americana, fundada, en Londres, por Francisco de Miranda, en 1797. Cultivó una profunda espiritualidad y acentuada vocación de servicio a la humanidad. Constituye un digno paradigma para las nuevas generaciones, a nivel mundial, y a la vez, un ejemplo de la calificada descendencia que España sembró, prolijamente, en América. El “sentimiento bellista” unifica a millones de intelectuales, en el mundo entero, en la admiración hacia la vida, las obras y las enseñanzas del maestro. 

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