lunes, 2 de febrero de 2026

El arte de escuchar: Plutarco

 


El arte de escuchar

Autor: Plutarco

 

 

1. La verdadera libertad y la razón

Te envío, querido Nicandro, el escrito del discurso que pronuncié sobre cómo se debe escuchar, para que sepas comportarte correctamente al atender a quien se dirige a ti con la voz de la persuasión, ahora que has vestido la toga viril y te has liberado de quienes te daban órdenes.

Muchos jóvenes confunden esta "anarquía" con la libertad, pero al soltarse de sus cadenas, sus pasiones se convierten en amos más duros que sus antiguos maestros. Heródoto decía que las mujeres, al quitarse la túnica, se despojan del pudor; del mismo modo, algunos jóvenes, al dejar la toga pueril, abandonan el respeto y se llenan de desenfreno.

Tú, que sabes que seguir a Dios y obedecer a la razón es lo mismo, debes entender que madurar no es dejar de tener una autoridad, sino cambiarla: en lugar de un tutor mercenario, asumes como guía divina de tu vida a la razón. Solo quienes siguen la razón son libres, pues aprenden a querer lo que se debe y viven como quieren, mientras que el capricho basado en la inmadurez solo trae remordimiento.

2. El oído como puerta a la virtud

Así como el extranjero naturalizado acepta las leyes por familiaridad, tú, que has crecido con la filosofía, debes acercarte a ella como a tu propia casa. La filosofía es la única que viste al joven con el hábito viril perfecto que emana de la razón.

Teofrasto decía que el oído es el sentido más ligado a las pasiones, pues ningún ruido o estrépito sacude el alma tanto como lo que escuchamos. Pero también tiene el vínculo más fuerte con la razón. Mientras que el vicio tiene muchas entradas al alma, la virtud solo tiene una toma: los oídos de los jóvenes, siempre que se mantengan puros y libres de la adulación.

Por esto, Jenócrates decía que los niños necesitan protectores en las orejas más que los luchadores: a los luchadores los golpes les deforman las orejas, pero a los niños los malos discursos les deforman el carácter.

3. Aprender a escuchar antes que a hablar

El error más común es querer practicar el arte de decir antes que el de escuchar. En el uso de la palabra, saber recibirla debe preceder a pronunciarla, igual que el embarazo precede al parto. Los discursos de quienes no saben escuchar son como "huevos hueros": vacíos y sin vida.

Es ridículo que la gente preste atención a chismes o sueños, pero cuando alguien intenta darles una enseñanza útil o corregir un error, se impacientan, contraatacan o huyen. Los buenos educadores deben hacer que los jóvenes sean sensibles a las palabras, enseñándoles no a hablar mucho, sino a escuchar mucho. La naturaleza nos dio dos oídos y una sola lengua por esa misma razón.

4. El silencio y la contención

El silencio es el mejor adorno para un joven. Al escuchar, debe evitar agitarse o "ladrar" ante cada afirmación. Incluso si el discurso no le agrada, debe esperar a que el orador concluya. Quien interrumpe no escucha ni es escuchado. En cambio, quien escucha con respeto demuestra que ama la verdad y no la disputa, ganando la capacidad de discernir mejor lo falso de lo verdadero.

5. El obstáculo de la envidia

La envidia es una pésima consejera para el oyente. El envidioso sufre con el bien ajeno, y en un discurso, la luz de la verdad le molesta. Esta envidia nace a menudo de la ambición: el oyente se distrae comparando sus propias capacidades con las del orador o vigilando si el público aplaude. Al final, el envidioso se queda con las críticas y pierde la sustancia del mensaje, haciendo que su escucha sea vana.

6. La autocrítica a través del otro

Debemos escuchar con ánimo sereno, como si asistiéramos a un banquete sagrado. Si el orador tiene éxito, debemos emularlo; si falla, debemos investigar las causas del error. No hay nada más fácil que criticar, pero lo útil es preguntarse, como decía Platón: "¿Soy yo acaso así?". Debemos ver nuestro reflejo en los discursos ajenos para corregir nuestras propias faltas.

 

7. Admiración vs. Credulidad

Lo opuesto a la denigración es la admiración excesiva. Debemos ser generosos en el elogio pero cautos en la creencia. No hay que dejarse engañar por la apariencia del orador (canas, voz suave, gestos graves) ni por los aplausos del público. En filosofía, hay que ignorar la reputación y evaluar solo el valor de los argumentos. Muchos sofistas usan palabras pomposas para ocultar la vacuidad de sus pensamientos.

8. Buscar el fruto, no la flor

Debemos ser como las abejas, no como las floristas. Las floristas buscan lo vistoso y perfumado; las abejas buscan el tomillo, que es acre, pero de donde sale la miel. El oyente puro debe ignorar las palabras "floridas" y sumergirse en el sentido profundo para mejorar su vida.

Si un baño o un discurso no purifican, no tienen utilidad alguna.

9. El estilo y la sustancia

El joven no debe buscar solo el deleite. Si alguien usa palabras agrias para limpiar su mente de la ignorancia, debe estar agradecido. Una vez satisfecha la sed de conocimiento, entonces se puede apreciar el estilo. Quien rechaza una verdad porque el lenguaje no es elegante es como quien rechaza una medicina porque la copa no es de cerámica fina.

10. El arte de preguntar

En un banquete de palabras, hay que ser un comensal educado. No se deben plantear preguntas triviales o exhibicionistas sobre lógica o matemáticas para lucirse. Lo importante no es resolver enigmas, sino liberarse de la soberbia y las pasiones para construir una vida sana.

11. Adaptarse al orador

Hay que preguntar a cada uno sobre lo que domina. Pedirle física a un moralista es como intentar abrir una puerta con una hacha: no desacreditas la herramienta, sino que pierdes su verdadera función.

12. Sinceridad ante la propia ignorancia

Es mejor mostrar la ignorancia para curarla que ocultarla. Si nos atormenta una pasión, debemos buscar discursos que traten ese tema y consultar en privado con los maestros. Los verdaderos filósofos son útiles no solo en sus lecciones públicas, sino en su trato cotidiano, sus bromas y sus consejos privados.

13. El elogio justo

Elogiar requiere medida. El oyente frío y presuntuoso, que no aplaude por creerse superior, es un necio. Pero el que grita y aplaude cada sílaba sin discernimiento es un adulador o un incompetente.

Un discurso difícilmente será tan malo que no tenga nada elogiable (una cita, una idea, el esfuerzo). Incluso Platón elogiaba el estilo de Lisia aunque no estuviera de acuerdo con su contenido. Debemos mantener siempre una postura digna al escuchar: cuerpo erguido, mirada atenta y rostro neutro, evitando bostezos, susurros o distracciones que falten al respeto a quien nos ofrece su palabra.

14. La cooperación entre orador y oyente

Otros piensan que solo quien habla tiene deberes, mientras que el oyente no tiene ninguno. Pretenden que el orador llegue tras haber meditado y preparado con cuidado, mientras ellos entran en la sala libres de todo pensamiento, como si fueran a un banquete a divertirse mientras otros se esfuerzan. Sin embargo, si un comensal tiene deberes, muchos más los tiene el oyente, pues es parte del discurso y debe cooperar con quien habla. No es justo examinar con severidad los fallos del orador mientras uno se abandona a un comportamiento descortés. Al igual que en el juego de pelota el receptor debe sincronizarse con el lanzador, en un discurso existe sintonía si ambos atienden a sus deberes.

15. El decoro en los elogios

Al manifestar aprobación, debemos evitar palabras fuera de lugar. Epicuro suena empalagoso cuando dice sentir un "estrépito de aplausos" en las cartas de sus amigos. Hoy en día, es inconveniente usar términos como "¡divino!", "¡inspirado!" o "¡inalcanzable!" en lugar de los sobrios "¡bien!", "¡bravo!" o "¡exacto!" que usaban los discípulos de Platón. Gritar elogios propios de una escuela de retórica o de una cortesana ante un discurso serio es como coronar a un atleta con lirios en lugar de laurel.

Si un filósofo escucha gritos y escándalo en su sala, los transeúntes podrían preguntarse, avergonzados, si el aplauso es para un músico o un bailarín en lugar de un pensador.

16. La reacción ante el reproche

Las advertencias no deben escucharse con indiferencia. Quien sonríe cínicamente cuando un filósofo lo reprende se comporta como un parásito que aguanta insultos por comida. Por el contrario, escuchar un reproche destinado a corregir el carácter debe hacernos sentir pequeños, sudorosos y avergonzados; no sentir nada es propio de un joven abyecto cuya alma está endurecida como carne callosa.

Otros jóvenes, al ser reprendidos una vez, huyen de la filosofía. Al no soportar la cura, se arrojan a los brazos de sofistas y aduladores que ofrecen voces melodiosas pero inútiles. Quien huye del médico tras la incisión sin dejar que le venden la herida, acepta el dolor pero pierde la cura. La palabra que hiere la necedad es la misma que debe sanarla.

17. La perseverancia en el estudio

Al principio, aprender a leer, escribir o tocar la lira causa fatiga y confusión. Lo mismo ocurre con la filosofía: los primeros encuentros con su lenguaje pueden parecer un terreno resbaladizo. No hay que acobardarse; hay que perseverar hasta que surja la familiaridad que hace dulce todo lo bello. Miserable es quien abandona la filosofía por pusilanimidad.

18. Errores por pudor o ambición

Muchos jóvenes no comprenden la filosofía por dos errores opuestos: unos, por excesivo pudor, no preguntan y asienten sin haber entendido; otros, por vana ambición, fingen entender antes de haber comprendido. Los primeros terminan atormentando al maestro después de la clase con preguntas tardías, mientras los segundos ocultan su ignorancia para siempre.

19. El intelecto no es un vaso, sino una hoguera

Debemos aceptar las burlas de quienes se creen más dotados con tal de aprender. Cleanto y Jenócrates eran llamados "vasos de cuello estrecho" porque tardaban en aprender, pero conservaban lo aprendido con seguridad. Hay que soportar cualquier vulgaridad con tal de eliminar la ignorancia.

No debemos ser como polluelos que siempre esperan recibir la comida masticada de otros. Hay que evitar las preguntas innecesarias que alargan el camino y entorpecen la lección. Una vez comprendidos los puntos esenciales, debemos investigar el resto por nuestra cuenta.

La mente no necesita ser llenada como un vaso, sino que, como la leña, necesita una chispa que la encienda e infunda en ella el impulso de la investigación y un amor ardiente por la verdad.

Quien solo disfruta de lo que escucha sin encender su propia luz, solo recibe un reflejo externo, pero no logra expulsar la oscuridad de su alma. Saber escuchar bien es el punto de partida para vivir según el bien.

RESUMEN DEL ANÁLISIS CRÍTICO

El texto analiza el tratado de Plutarco (mencionado en el Catálogo de Lamptia como Cómo se escuchan a los filósofos). Su objetivo es educar a los jóvenes que, al terminar sus estudios secundarios, entran en las aulas de filosofía y gozan de una libertad que puede ser peligrosa.

  • Método Pedagógico: En la época, la enseñanza incluía cursos regulares, comentarios de textos y "terapia de grupo" donde el maestro actuaba como guía espiritual.
  • Deberes del Oyente: El silencio, la concentración en los conceptos (no en el estilo) y la autoevaluación constante ("¿ha mejorado mi carácter tras esta lección?").
  • Tipología de Oyentes: Plutarco describe con agudeza al exhibicionista, al malicioso, al envidioso, al ignorante y al adulador.
  • Conclusión: La educación no es acumulación de datos, sino el despertar del sentido crítico y la pasión por la búsqueda de la verdad de forma autónoma.

 

1. La Metáfora de la Hoguera: Educación vs. Instrucción

La frase de Plutarco es, posiblemente, una de las más citadas en la historia de la pedagogía:

"La mente no necesita ser llenada como un vaso, sino que, como la leña, necesita una chispa que la encienda..."

Esta metáfora marca una distinción radical entre dos modelos:

  • El Modelo Pasivo (El Vaso): El alumno es un recipiente vacío. El conocimiento es un líquido que se vierte. El éxito se mide por la cantidad de "líquido" retenido. Para Plutarco, esto genera eruditos vacíos o "sofistas" que solo repiten lo que oyen.
  • El Modelo Activo (La Hoguera): La mente tiene un potencial combustible (la razón innata). El maestro no entrega el conocimiento final, sino la chispa (el estímulo, la pregunta, el método). Una vez encendida, la mente brilla por sí misma y genera su propio calor y luz.

 

2. Plutarco vs. Epicteto: ¿Cómo debemos escuchar?

Aunque ambos vivieron bajo el Imperio Romano y compartían la importancia de la ética, sus enfoques sobre la "escucha" tienen matices fascinantes:

Característica

Plutarco (Platonismo/Humanismo)

Epicteto (Estoicismo)

El papel del oyente

Un colaborador que debe ser amable y agradecido con el orador.

Un examinador riguroso que debe filtrar todo por la "facultad proairética" (voluntad).

El error principal

La mala educación, la envidia o el deseo de exhibicionismo.

La dependencia emocional del juicio ajeno y la búsqueda de placer en las palabras.

Reacción al reproche

Debe doler y causar vergüenza, como una cirugía necesaria para sanar.

Debe ser recibida con total indiferencia (apatheia), pues lo que otros digan no depende de nosotros.

Meta final

Integrarse en la sociedad como un hombre culto, libre y virtuoso.

Alcanzar la libertad interior absoluta y la invulnerabilidad ante el mundo.

 

Para Epicteto, el problema de muchos estudiantes era que iban a las clases de filosofía como quien va a un concierto: para admirar la elocuencia del maestro. Epicteto solía decir que, si al salir de su clase el alumno le decía "¡qué bien ha hablado!", el maestro había fracasado. El alumno debería salir mudo y compungido por sus propios errores. Plutarco coincide en esto, pero es más "social": permite el elogio moderado como una norma de cortesía necesaria para la armonía civil.

 

3. Lo que estimo oportuno: El "Filtro Crítico" en la era del ruido

Si Plutarco viviera hoy, en la era de los algoritmos y los podcasts, añadiría un capítulo sobre la atención fragmentada. Su consejo sobre los "vasos agrietados" (personas que se llenan de cualquier cosa menos de lo que necesitan) es más relevante que nunca.

Un concepto clave que Plutarco desliza es la Prosoché (Atención). No es solo oír; es una vigilancia constante de la mente. Él sugiere que:

1. Filtrar el ruido: No todo discurso merece ser escuchado.

2. Digerir antes de hablar: La obsesión por responder rápido (el "comentario" inmediato en redes sociales) anula la capacidad de comprensión profunda.

3. La filosofía como terapia: Leer o escuchar no es un pasatiempo, es una medicina. Si no sales de una lectura "un poco más ligero o más dulce", has perdido el tiempo.

 

El "Bonus": La Estructura de la Escucha Correcta

Según el texto, podemos resumir el Protocolo de Plutarco en tres pasos:

1. Disposición (Pre-escucha): Vaciar el alma de orgullo y envidia. Entrar como quien entra a un templo.

2. Asimilación (Escucha activa): Cooperar con el orador. No interrumpir. Buscar la "miel" (lo útil) incluso en un discurso mediocre.

3. Reflexión (Post-escucha): El paso más importante. No mirarse al espejo para ver el peinado, sino mirar al alma para ver qué pasión se ha debilitado.

 

Adaptación de la sabiduría de Plutarco a los tiempos modernos. Es fascinante cómo un texto de hace casi dos mil años puede convertirse en un manual de "habilidades blandas" y liderazgo para el siglo XXI.

 

Guía de Plutarco para el Aprendizaje y el Trabajo

“Saber escuchar es el punto de partida para vivir según el bien”.

1. En el Entorno de Aprendizaje (Cursos, Conferencias, Universidad)

Plutarco creía que el estudiante no es un espectador, sino un aliado estratégico del profesor.

  • La Regla de la Chispa: No esperes que el profesor te dé "la respuesta". Busca la idea que encienda tu propia investigación. Si sales de clase sin una pregunta nueva, no has escuchado, solo has oído.
  • Cero Exhibicionismo: No hagas preguntas para demostrar cuánto sabes o para poner en aprietos al ponente. Haz preguntas que aclaren el camino para ti y para tus compañeros.
  • La "Copa de Cerámica": No desprecies un conocimiento útil porque el profesor no sea carismático o sus diapositivas sean feas. El valor está en el contenido, no en el envoltorio.
  • El Silencio Fecundo: Practica la espera. Deja que el otro termine su argumento antes de preparar tu refutación. El silencio es un "adorno seguro" que te permite procesar la información.

 

2. En el Entorno Profesional (Reuniones, Feedback, Trabajo en Equipo)

Para Plutarco, una reunión de trabajo sería como un "banquete de palabras" donde todos deben aportar y recibir con elegancia.

  • Cooperación en la "Pelota": Una reunión es un juego de pases. Si alguien lanza una idea (lanza la pelota), tu trabajo es recibirla con atención para que el juego continúe. Ignorar una propuesta o interrumpirla es dejar caer la pelota y arruinar el flujo del equipo.
  • Feedback sin Viltà (Cobardía): Cuando recibas una crítica de un jefe o colega, no sonrías con cinismo ni te cierres en banda. Plutarco dice que el reproche debe "quemar" un poco para sanar. Si la crítica te duele, es señal de que ha tocado una parte de ti que necesita mejorar.
  • Elogio con Medida: En lugar de los vacíos "¡Genial!" o "¡Increíble!", usa el reconocimiento preciso. Valora el esfuerzo, el dato o la lógica. El elogio exagerado suena a adulación; el elogio justo construye autoridad.
  • La Auditoría Post-Reunión: Al salir de la sala (o cerrar el Zoom), no te preguntes "¿Cómo quedé ante los demás?". Pregúntate "¿Qué idea ha cambiado mi forma de trabajar hoy?".

 

3. Síntesis: El "Filtro de Plutarco" para el Día a Día

Para evitar ser un "vaso agrietado" que pierde la información, aplica este breve chequeo mental antes de cualquier interacción importante:

Fase

Acción Plutárquica

Objetivo

Antes

Limpiar la "calígine" (prejuicios).

Estar receptivo.

Durante

Postura erguida y mirada atenta.

Respeto y foco.

Durante

Buscar el "tomillo" (la sustancia).

Extraer valor de lo difícil.

Después

Encender la propia luz.

Pasar de la teoría a la acción.

 

Mi recomendación final

Plutarco nos enseña que la escucha es un acto de voluntad, no de oído. En un mundo donde todos compiten por hablar (redes sociales, debates, interrupciones constantes), quien domina el arte de escuchar adquiere una ventaja competitiva inmensa: la capacidad de aprender de los errores ajenos y de las verdades propias.

 

Para complementar la visión de Plutarco, nadie mejor que Séneca, el gran filósofo estoico. Mientras Plutarco nos enseña cómo recibir la información, Séneca nos enseña qué hacer con ella para que nuestra vida no se nos escape entre los dedos.

 

Si Plutarco es el manual del buen oyente, Séneca es el manual del oyente que busca la libertad.

 

Séneca: El complemento de la "Brevedad de la Vida"

Séneca añade una capa de urgencia que Plutarco apenas roza. Para Séneca, aprender a escuchar y leer no es solo una cuestión de cortesía o educación, sino de supervivencia espiritual.

1. El concepto de la "Digestión Intelectual"

Séneca coincide con la metáfora de la abeja de Plutarco, pero la lleva más allá. En sus Epístolas morales a Lucilio, explica que no basta con recolectar ideas:

"Debemos imitar a las abejas y de tal modo digerir cuanto hayamos bebido que, de diversos sabores, resulte uno solo".

Para Séneca, el crecimiento personal ocurre cuando la información deja de ser "ajena" y se convierte en parte de tu propia sangre. Si puedes citar a Plutarco pero no actúas como él, no has digerido la lección.

2. La lectura "Profunda" vs. la "Vagabunda"

Plutarco nos advierte contra el "exhibicionismo", pero Séneca nos advierte contra la dispersión. En un mundo lleno de información (ya en Roma se quejaban de esto), Séneca dice:

  • No leas mucho, lee a los mejores: Es mejor quedarse con unos pocos autores y "morar" en ellos que saltar de idea en idea sin profundizar.
  • El retiro activo: Escuchar a los filósofos es inútil si no te tomas un tiempo a solas para procesar. El crecimiento personal requiere silencio posterior.
  •  

Plutarco + Séneca: El binomio perfecto

Podemos combinar a ambos autores en una estrategia de crecimiento personal que los estoicos llamaban "La fragua del carácter":

Dimensión

El consejo de Plutarco

El complemento de Séneca

Ante el maestro

Escucha con humildad y sin envidia.

No seas un esclavo de su opinión; busca tu propia verdad.

Ante el estudio

Enciende tu propia chispa (actividad).

Transforma la teoría en preceptos prácticos (acción).

Ante el tiempo

Aprovecha la juventud para aprender.

No importa cuánto vivas, sino cuán "despierto" estés.

Ante la crítica

Deja que la palabra te cure como un médico.

Sé tu propio juez; la opinión de la masa no cuenta.

 

Una práctica para hoy: El "Examen de Conciencia"

Séneca proponía una técnica que encaja perfectamente con el final de las lecciones de Plutarco. Al terminar el día, o tras una reunión o clase importante, hazte estas tres preguntas:

1. ¿Qué mal hábito he combatido hoy? (Conexión con el "curarse" de Plutarco).

2. ¿En qué he mejorado? (Conexión con el "encender la chispa").

3. ¿Qué he aprendido que sea aplicable hoy mismo? (Conexión con la "digestión" de Séneca).

Lo que sigue...

Séneca decía que "la filosofía no es una técnica para el público, sino para el alma". Plutarco nos dio las reglas para estar en el público (la clase, la reunión), y Séneca nos da las reglas para lo que sucede después, cuando cerramos la puerta.

 

Manifiesto del Oyente Sabio

 

Basado en la sabiduría de Plutarco y Séneca

 

I. Mi mente no es un vaso, es una hoguera

No buscaré que otros me llenen de datos, sino que enciendan mi curiosidad. Aceptaré cada idea como una chispa y será mi responsabilidad alimentarla con reflexión hasta convertirla en luz propia.

II. Escucharé con el alma, no con el ego

Entraré en cada conversación despojado de la soberbia y la envidia. No escucharé para responder o para juzgar el estilo del orador, sino para encontrar el "tomillo": esa verdad útil, aunque sea acre, que pueda mejorar mi carácter.

III. El silencio será mi mejor adorno

Dominaré mi lengua para que mis oídos puedan trabajar. Entenderé que la naturaleza me dio dos orejas y una sola boca para que la recepción preceda siempre a la emisión. El silencio no es vacío; es el espacio donde se gesta la sabiduría.

IV. Buscaré la medicina del reproche

No huiré de quien me señale un error con franqueza. Recibiré la crítica necesaria con la piel abierta, sabiendo que la palabra que hiere mi necedad es la misma que sana mi ignorancia. Preferiré la herida de un amigo real que el beso de un adulador.

V. No seré un eco, sino un colaborador

En cada reunión y en cada clase, seré un receptor activo. Entenderé que mi atención es un regalo que le debo al orador y que mi crecimiento depende de cuánto logre digerir y transformar lo escuchado en acciones concretas.

VI. Mi círculo será mi fragua

Me rodearé de amigos que se atrevan a ser espejos de mi verdad. Cultivaré relaciones donde el crecimiento mutuo sea el único interés y la sinceridad absoluta el único lenguaje.

"Saber escuchar es el principio de vivir bien."

Plutarco

 

El arte de escuchar: Plutarco

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